Ravel

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Un hombre escuchaba la radio un día cualquiera de 1928. De pronto, comenzó a escuchar una composición que lo sedujo, que lo atrapó tan íntimamente que se sintió poseído por cada nota que se dibujaba desde el artefacto eléctrico. Se trataba de una melodía repetitiva e incesante, con una fuerza sensual y abrumadora. Una sensualidad que, desde la primera nota, iba en un in crescendo que no parecía tener fin. El hombre que escucha está absolutamente atrapado y conmocionado. Seducido, el hombre reconoce la genialidad del compositor que logra llevar a quien escucha a una cúspide de sonidos fabulosos. Este hombre que escucha se llama Maurice Ravel y ha estado escuchando una obra llamada Bolero, compuesta por él mismo.

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Ravel fue un músico y compositor impresionista francés que, en algunas ocasiones, acarició el expresionismo para dejarnos una herencia musical incomparable. Nació en 1875 y, al final de su vida, padeció de una extraña afección neurológica, que algunos señalaron como demencia fronto-temporal, y otros, más aventureros, Alzheimer. La enfermedad cerebral alteró totalmente sus facultades mentales, atacando los centros neurálgicos del habla y la coordinación motora. Quedó imposibilitado para leer partituras, recordar melodías o componer.

Los síntomas aparecieron en 1920, es decir, ocho años antes de componer su maravilloso Bolero. Una obra monumental e hipnotizante. Se cuenta que el día de su estreno, una espectadora lo llamó a todo pulmón: “¡Loco!”; a lo cual Ravel respondió que era la única que había entendido la obra. Con el hemisferio izquierdo totalmente dañado compuso esta pieza de arte sonoro, como si la música destilara de sus neuronas a modo de fuente invencible. La escucho mientras escribo y, por un lado, me maravillo del hombre, del ser humano y sus potencialidades creadoras que no dejan en mal de quien es imagen y semejanza. El ser humano que puede sacar chispas en la más profunda oscuridad: ¡Cuánto ama Dios al hombre!.

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Por otro lado, me maravilla la música que es, sin duda, un camino a la verdad del ser humano, es la respuesta humana a aquel primer acorde que detonó la Creación. Por ello, vivir sin música sería un error, como afirmó Nietzsche. Escucho una y otra vez el Bolero, y me imagino a Ravel luchando contra los demonios desde el amor creativo. Escucho el Bolero y recuerdo a tantos que encuentran en la música aquello que la mente ya no puede recordar. Imagino una sonrisa que no sabe que sonríe y que, por eso mismo, es un in crescendo de la inocencia más pura.

Esa conexión entre Ravel y la música en ese estado en el que se encontraba está sustentada en el amor. Un amor que no solo es divino, sino que deviene humano, a través de la creación y de la encarnación de Dios en la humanidad del hombre. Un tal amor divino-humano es anímico porque radica en el alma y es su fuerza o virtud, o sea, su ser o potencia activa que posibilita la auténtica realización del hombre. Pensando en San Agustín, podríamos argüir que es así porque el amor inhabita agustinianamente el alma como sentido interior del hombre, el cual es esencialmente afección amorosa. Ese amor que, incrustado en la mismidad de cada ser humano, permite al hombre reconocer, aunque no recuerde nada.

El amor fue el rumor que le permitió a Ravel vibrar íntimamente con aquella pieza cuya autoría era suya, pero no recordaba. El mismo amor que brilla en la mirada que te mira aunque no pueda reconocer tu rostro o tu voz. Hay algo en cada ser humano, muy íntimo y profundo, que no permite el absolutismo del olvido. El olvido nunca es absoluto, pero el amor sí. Paz y bien.

 Valmore Muñoz

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