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Todo cuerpo es un candelabro

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“Solo después reflexioné que aquella calle de la tarde era ajena, que toda casa es un candelabro donde las vidas de los hombres arden como velas aisladas, que todo inmediato paso nuestro camina sobre Gólgotas”. Este es un fragmento del poema Calle Desconocida escrito por Jorge Luis Borges que aparece en su hermoso libro Fervor de Buenos Aires. El Papa Francisco lo rescata para nutrir de belleza poética su Amoris Laetitia, sobre el amor en la familia. Toda casa es un candelabro por ser expresión simbólica del tejido libertario que le da forma.

Cada casa es un candelabro y cada uno de sus miembros es una vela que arde con llama siempre nueva, infatigable, pero que tenemos la inclinación humana de descuidar y por ello, como dice el poeta, arden como velas aisladas. Toda casa es un candelabro y cada cuerpo que la habita también. Dos cuerpos que son, al mismo tiempo, un candelabro, y ese candelabro, esa lámpara luminosa se encuentra siempre en el centro de la pareja, es su historia de amor que los ilumina desde el principio de los tiempos. Por ello, Francisco nos recuerda que la pareja que ama y genera la vida es la verdadera escultura viviente “capaz de manifestar al Dios creador y salvador. Por eso el amor fecundo llega a ser símbolo de las realidades íntimas de Dios”.

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Nos comenta con la suavidad propia del instinto sobre esa dulzura natural de la voz que nos ha acompañado siempre, pero que pocas veces escuchamos. Que a la luz de la Palabra, la pareja, por medio de sus cuerpos, tiene la capacidad de generar caminos por los cuales se desarrolla la historia de la salvación. La Palabra se derrama suavemente sobre los cuerpos al amarse y logra encender en pequeñas velas asombros multicolores que muestran al hombre y a la mujer como unidad de la entrega profunda que posibilita, como escribió Neruda, que la mano de ella sobre el pecho de él es su propia mano.  

Los amantes al exponer sus cuerpos al aliento de Dios su convierten en un mismo oído, una misma vista, una misma mano con la que tocan la realidad que los rodea, un mismo pie con el cual avanzan hacia ellos mismos. Dos que ya no son dos soledades, ni siquiera dos libertades, son una sola carne que acepta a Dios como su misterio más íntimo. “Se unirá a su mujer y serán los dos una misma carne” (Mt. 19,5) se desborda de los labios de Cristo.

El cuerpo, todo cuerpo es un candelabro pleno de luces discretas que van creciendo y en su avance paulatino la madrugada se va apagando, va cantando su fuga sostenida en medio de la luz que se hace cada vez más intensa. El sol nace cuando dos cuerpos amanecen en el abrazo tejido por la caricia de Dios, sólo su caricia es la que tiene la potencia para silenciar la madrugada haciéndose luz en medio de las tinieblas. El cuerpo es un candelabro pleno de velas que van borrando toda señal de tinieblas que ocultan un llamado muy antiguo a tratarnos bien, a no privarnos de pasar un día feliz (Eclo 14,11-14).

El cuerpo es un candelabro pleno de velas que alumbra al otro cuerpo que también alumbra. Entre sus luces una sola luz hecha árbol que brilla cantando sombras distintas bajo las cuales el lecho se abre, se multiplica, se hace frondoso y los frutos que allí se develan son dulces al paladar. Frutos que sostienen nuestras cabezas, que abrazan y que enferman de amor. Embriagados de los dones de Dios que cada uno tiene, uno de un modo y el otro de otro (Cfr. 1 Co 7,7). Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

Valmore Muñoz Arteaga

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