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San José Cupertino: “Todo el que le pide, recibe”

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En un pueblo italiano, pequeño y conservador, llamado Cupertino nació José, en una familia en extrema pobreza que vivía en un cobertizo ante la carencia de recursos de su padre, de profesión carpintero, que por sus limitaciones no podía cancelar las cuotas de la vivienda donde habitaban.

Al poco tiempo, su padre muere y la pobreza se agudizó en su hogar, una situación que generó en el santo una salud débil que hizo que creciera enfermizo y distraído. Transitaba por las calles pidiendo comida por lo que fue tratado con desprecio.

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“A los 17 años pidió ser admitido a la orden franciscana pero no fue aceptado. Pidió que lo recibieran en los capuchinos y fue aceptado como hermano lego, pero después de ocho meses fue expulsado porque era en extremo distraído. Dejaba caer los platos cuando los llevaba para el comedor. Se le olvidaban los oficios que le habían asignado. Parecía que estaba siempre pensando en otras cosas. Por no cumplir bien con sus deberes tuvo que dejar el convento”.

Nuevamente regresó a la calle, pero su mamá rogó a un pariente franciscano para que lo aceptará y logró convertirse en parte de la congregación haciendo mandados. Durante un tiempo en el cumplimiento de labores un cambio se notó en el Santo, comenzó a desarrollar sus tareas con eficacia y se incrustó en su corazón la penitencia y el amor por la oración, acciones que le valieron ser aceptado por unanimidad en la comunidad franciscana. Años después, una serie de acontecimientos guiados por la mano de Dios comenzaron a ser parte de San José Cupertino.

“Un domingo, fiesta del Buen Pastor, se encontró un corderito, lo echó al hombro, y al pensar en Jesús Buen Pastor, se fue elevando por los aires.  Quedaba en éxtasis con mucha frecuencia durante la santa Misa, o cuando rezaba los Salmos. Durante los 17 años que estuvo en el convento de Grotella, sus compañeros de comunidad lo observaron 70 veces en éxtasis. El más famoso sucedió cuando diez obreros deseaban llevar una pesada cruz a una alta montaña y no lo lograban. Entonces Fray José se elevó por los aires con la cruz y la llevó hasta la cima del monte”.

El 18 de septiembre de 1663, a la edad de 60 años, partió al encuentro del creador. Benedicto XIV lo beatificó en 1753. Clemente XIII lo proclamó santo el 16 de julio de 1767. Hoy, las reliquias de sus restos descansan dentro de una urna de bronce dorado, en la cripta de la Iglesia de Osimo, dedicada a él.

Oración

Querido Santo, purifica mi corazón, transfórmalo y hazlo semejante al tuyo, infunde en mí tu fervor, tu sabiduría y tu fe.

Muestra tu bondad ayudándome y yo me esforzaré en imitar tus virtudes.

Amable protector mío, el estudio frecuentemente me resulta difícil, duro y aburrido.

Tú puedes hacérmelo fácil y agradable.

Esperas solamente mi llamada.

Yo te prometo un mayor esfuerzo en mis estudios y una vida más digna de tu santidad.

Oh Dios, que dispusiste atraerlo todo a tu unigénito Hijo, elevado sobre la tierra en la Cruz, concédenos qué, por los méritos y ejemplos de tu Seráfico Confesor José, sobreponiéndonos a todas las terrenas concupiscencias, merezcamos llegar a Él, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

Carlos A. Ramírez B.

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