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Amadísima pobreza

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En los Escritos de Conciencia, la Madre Félix pedía al Señor ser apóstol de la inteligencia sedienta de amor, de verdad y de fuerza. Esa inteligencia es luz del Espíritu Santo, que permite penetrar todas las verdades humanas y temporales, especialmente las verdades oscuras que la fe propone.

 Cuando una inteligencia se encuentra carente de amor, de verdad y de fuerzas, se vuelve contraria, se vuelve grosera, vulgar, oscureciendo el corazón. Obstaculizándole toda posibilidad de que sus ojos se abran a una realidad perfumada con la fragancia de Cristo.

Una inteligencia se reconoce sedienta cuando reconoce su pobreza, su insuficiencia. Cuando comprende que la luz que le permite ver aquello por comprender no le pertenece, no es suya, sino de Cristo, que es luz para el mundo. Inteligencia que reconoce su pobreza. Pobreza que la Madre Félix amaba y abrazaba porque le permitía sanar las cegueras del alma y medir, cual termómetro, su amor por el Señor.

Lea también: Monseñor Lisandro Rivas: la realidad del mundo y de la Iglesia llaman a unir esfuerzos para llevar adelante la misión evangelizadora

 Amor que se transformó en un vaso comunicante con las personas, las cosas y las circunstancias, que nos abre el acceso al plano invisible, espiritual y de orden superior que entronca con la vida eterna y tiene funciones rectoras de la vida temporal.

En el reconocimiento de nuestra pobreza hallaremos el primer paso para calmar la sed de la inteligencia, pobreza dentro del corazón, como reconoció la Madre Félix. Pobreza que busca a Cristo. Pobreza que busca a María, que buscó siempre desde la pobreza. La hermana pobreza de San Francisco de Asís. La misma pobreza que orientaron las manos de la Virgen cuando hicieron los pañales del Divino Niño y, muy seguramente, la túnica que, a los pies de la Cruz, los soldados romanos no quisieron romper.

La Madre escribe: “Amadísima pobreza: yo te amo, me abrazo a ti y me uno a ti para siempre; amando, abrazando y uniéndome a la vez para siempre a los desprecios por amor de mi Señor, Jesucristo, y me confieso indigna de tanta felicidad”. Esa amadísima pobreza que aleja al hombre de la soberbia y nos dispone en los brazos de la santa obediencia con total y absoluto abandono, ya que, “Señor, yo haré por ti todo lo que pueda; y tú, Señor, harás por mí todo lo que me falta”.

La Madre Félix pedía constantemente al Señor: pobreza dentro del corazón. Pobreza “de cosas materiales, de gustos intelectuales, de descanso, de afectos, de gozos espirituales”, desposeídos en espíritu que permita “llevar una vida tersa como un espejo, limpia y transparente como un cristal”. Pobreza que permite al hombre tener los sentimientos de Cristo Jesús. Comprendió que para que se cumpla esta transformación es esencial contemplar Su Corazón, tal y como lo aprendió de San Ignacio cuando recomendó acceder al conocimiento interno del Corazón de Cristo “que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga”.

Tener pobreza dentro del corazón permite al hombre sentir el fuego del horno ardiente de caridad infinita. Calor que abre los ojos a los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Permite beber profundamente los latidos del Corazón de Jesús, abismo de todas las virtudes.

La Madre Félix, desde la riqueza de su pobreza, se abandona a la tarea de aprender de Él, a ser mansa y humilde de corazón. Pobreza en el corazón que ablande la mirada, permitiendo vivir aquello que en el Cántico Espiritual comentó San Juan de la Cruz: “Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de su hermosura. Miró Dios todas las cosas que había hecho, y eran muy buenas (cf. Gen 1, 31). Y el mirarlas mucho buenas era hacerlas mucho buenas en el Verbo su Hijo”. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.

Valmore Muñoz Arteaga

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