La memoria no es un simple ejercicio cognitivo. Puede ser una lección esclarecedora, capaz de salvar a la humanidad de acontecimientos trágicos ya vividos en la historia. En particular, el Día de la Memoria, que se celebra cada año el 27 de enero para conmemorar a las víctimas del Holocausto, no es simplemente una fecha útil para que los estudiantes “repasen” algunos contenidos antes de un examen o de una evaluación sobre páginas dramáticas ligadas a la Segunda Guerra Mundial. Es, ante todo, una llamada a la conciencia interior de cada hombre y cada mujer, para que se fortalezca el sistema inmunitario de la familia humana frente a posibles y nuevos horrores: los abismos de la historia que se abren cuando prevalecen sobre la fraternidad el nacionalismo extremo, la desconfianza y los lenguajes de odio.
Las palabras de los Papas sobre el Holocausto van en esta dirección. Son una advertencia para que el horror no sea olvidado y para que el antisemitismo no vuelva a echar raíces.
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Entre las más recientes se encuentran las de León XIV, quien confió su reflexión sobre la conmemoración de hoy a una publicación de X @Pontifex
“Hoy, Día de la Memoria, deseo recordar que la Iglesia permanece fiel a la firme posición de la Declaración #NostraAetate contra todas las formas de antisemitismo, y rechaza cualquier discriminación o acoso por motivos étnicos, de lengua, nacionalidad o religión.”
Pío XII y el exterminio “solo por razones de estirpe”
El llamado del Papa León se une, por tanto, al de todos sus predecesores que, a lo largo de la historia, alzaron su voz para alertar sobre catástrofes humanas perpetradas con una brutalidad sistemática y en medio del silencio. El clamor, a veces solitario, de los Papas se hace oír incluso cuando gran parte del mundo aún desconoce verdades atroces.
El 24 de diciembre de 1942, en su mensaje radiofónico de Navidad el Papa Pío XII habló de cientos de miles de personas que sufrían y morían únicamente por razón de su “estirpe”.
«¿Quieren tal vez los pueblos asistir impasibles a un avance tan desastroso? ¿No deben más bien, sobre las ruinas de un ordenamiento social que ha dado prueba tan trágica de su ineptitud para el bien del pueblo, reunirse los corazones de todos los hombres magnánimos y honrados en el voto solemne de no darse descanso hasta que en todos los pueblos y naciones de la tierra sea legión el número de los que, decididos a llevar de nuevo la sociedad al indefectible centro de gravedad de la ley divina, suspiran por servir a la persona y a su comunidad ennoblecida por Dios?
(…) Este voto la humanidad lo debe a los cientos de millares de personas que, sin culpa propia alguna, a veces sólo por razones de nacionalidad o de raza, se ven destinados a la muerte o a un progresivo aniquilamiento».
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