La noción de “libertad” se ha vuelto controvertida en el discurso público. La libertad es un bien al que todos aspiramos; nos levantamos contra todo aquello que amenaza con recortarla o restringirla. Como resultado, el vocabulario de la libertad se ha convertido en una eficaz herramienta retórica.
Las insinuaciones de que la libertad de un grupo determinado está en peligro suscitan respuestas inmediatas de indignación en internet. Incluso pueden movilizar a la gente hacia las plazas.
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Diversas causas políticas en Europa recurren hoy a la jerga de la libertad. De ello surgen tensiones. Lo que un sector de la sociedad percibe como “liberador” es considerado opresivo por otros. Se levantan frentes opuestos, con la bandera de la “libertad” en alto por todas partes. Amargos conflictos nacen de agendas incompatibles de supuesta liberación.
Este estado de cosas plantea un desafío a los cristianos. Es esencial precisar qué queremos decir cuando, en el contexto de la fe, hablamos de llegar a ser libres. Eso es lo que hace san Bernardo al comentar el versículo: «Porque Él me ha librado del lazo de los cazadores y de la palabra amarga».
Para san Bernardo es evidente que la verdadera libertad no es “natural” al hombre caído. Lo que nos parece natural es hacer las cosas a nuestra manera, satisfacer nuestros deseos y realizar nuestros planes sin interferencias, exhibir nuestras propias luces brillantes y ser alabados por ellas. Bernardo, dirigiéndose al hombre en este estado de engaño, es deliciosamente sarcástico: «¿Qué te crees que eres, ignorante presuntuoso? ¡Te has convertido en una bestia para la cual se tienden trampas!».
El hecho de que tropecemos con tanta facilidad, de que sigamos cayendo en las mismas trampas de siempre, aun sabiendo perfectamente dónde están, es para él prueba suficiente de que no somos libres, incapaces por nosotros mismos de avanzar con firmeza hacia la verdadera meta de nuestra vida, entregados más bien a todo tipo de obstáculos y distracciones.
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