La Cuaresma suele presentarse ante nuestros ojos como un tiempo de renuncia y sobriedad. Sin embargo, si nos quedamos solo en la superficie del sacrificio, corremos el riesgo de convertir este tiempo sagrado en una simple lista de privaciones vacías. La verdadera conversión no nace del rigor por el rigor mismo, sino de un movimiento profundo del espíritu: vivir la Cuaresma desde el corazón.
El corazón, en la tradición bíblica, es el centro de nuestras decisiones y el lugar donde habita el amor. Por eso, el llamado a la ceniza y al ayuno solo tiene sentido si estos actúan como herramientas para «limpiar la mirada». Como buenos cristianos, estamos llamados a entender que la meta no es la auto perfección, sino la apertura al prójimo. Una Cuaresma sin caridad es un desierto sin oasis.
¿Qué significa esto en la práctica? Significa que nuestro ayuno debe transformarse en pan para el hambriento; que nuestra oración debe convertirse en escucha para el solitario; y que nuestra limosna no debe ser el sobrante de nuestro bolsillo, sino el compromiso de nuestra vida. La caridad no es una opción secundaria del cristiano; es la prueba de fuego de nuestra fe. San Juan de la Cruz lo resumió con maestría: «Al atardecer de la vida, nos examinarán en el amor».
Este año, el desafío es trascender el rito externo. Se nos invita a una caridad creativa: perdonar esa herida antigua, visitar al enfermo que nadie recuerda o defender la dignidad de quien ha sido descartado por la sociedad. Al hacerlo, permitimos que el amor de Dios cure nuestra propia dureza.
El Papa León XIV nos dice este año: “el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.” (Mensaje del Papa León XIV para la Cuaresma 2026.
Que estos cuarenta días no sean una carga, sino una oportunidad dorada para volver a lo esencial. Que nuestra preparación para la Pascua sea, sobre todo, un ejercicio de amor concreto, convirtiendo nuestro corazón de piedra en un corazón de carne que lata al ritmo de las necesidades del hermano. Así sea.
Pbro. José Lucio León Duque
Director del Diario Católico


