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La belleza según san Juan Pablo II

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La belleza, en la tradición católica, no es un mero atributo estético, sino un camino privilegiado la via pulchritudinis hacia la verdad y el bien, que refleja el esplendor de Dios y eleva al ser humano hacia su vocación trascendente. Juan Pablo IIdesarrolló este concepto en diversos documentos magisteriales, enfatizando su unidad con la verdad y la bondad, su poder evangelizador y su dimensión ética y social. La belleza es una propiedad del ser que conduce al hombre directamente a la fuente de todo lo que existe.

San Juan Pablo II presenta la belleza como inseparable del bien y la verdad, invocando la tradición griega del kalokagathía (belleza˗bondad). Recordemos que, su formación intelectual, estuvo profundamente ligada al teatro y la literatura, por ello la comprende como una epifanía. En su Carta a los artistas (1999), afirma que «En un cierto sentido, la belleza es la forma visible del bien, así como el bien es la condición metafísica de la belleza». Aquí, la belleza no es ornamental, sino pedagógica. Desde la admiración de lo creado, se asciende al Creador (cf. Sab 13,5), como explica en el Mensaje al XXIII Encuentro por la Amistad entre los Pueblos en Rímini (2002): «De la grandeza y belleza de las criaturas se conoce por analogía a su Autor».

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Esta visión se profundiza en el Discurso a los participantes en la IX Sesión Pública de las Academias Pontificias (2004), donde la belleza se une a la santidad: «Para que la belleza brille en todo su esplendor, debe unirse al bien y a la santidad de la vida». Los artistas son custodios de la belleza, llamados a evangelizar mediante obras que reflejen a Cristo, «el más bello entre los hijos de los hombres» (Sal 45,3). En el Discurso en Azerbaiyán (2002), extiende esto al ámbito cultural: «La belleza es la luz del espíritu […] la santidad no es otra cosa que plenitud de belleza».

La belleza salva el mundo, como cita de Dostoievski en la Carta a los artistas (1999), despertando el entusiasmo para enfrentar desafíos humanos y abriendo al infinito: «La belleza […] es una llamada a la trascendencia». Así, san Juan Pablo II la posiciona como vía de encuentro con Dios, contra una belleza corruptora que seduce sin elevar.

Su enfoque, en tal sentido, va a centrarse en la vocación del artista como alguien que comparte la potencia creadora de Dios. La belleza cumple una función antropológica, ya que está ahí para despertar el “asombro”. Ante la crisis de sentido de la modernidad, san Juan Pablo II sostenía que la belleza es lo que permite al ser humano salir de sí mismo y reconocer su origen divino. La belleza es ese destello de luz que nos recuerda que no hemos sido hechos para la oscuridad, sino para el esplendor.

En la modernidad, a menudo el “deber” o la “ética” se perciben como cargas pesadas o reglas arbitrarias. La belleza hace que el bien sea deseable. No es un adorno superficial, sino una manifestación que permite al hombre intuir que la realidad tiene un propósito y una bondad intrínseca. La crisis de sentido suele manifestarse como tedio o nihilismo y que en los jóvenes parece notarse con más fuerza. San Juan Pablo II sostiene que la belleza tiene un poder disruptivo. Ese poder es la capacidad de sacudir la conciencia. Ella actúa como una nostalgia de Dios. Incluso en el arte que parece oscuro o que retrata el sufrimiento, si es verdaderamente bello, expresa una búsqueda de plenitud que el mundo por sí solo no puede satisfacer.

La belleza salvará al mundo. Lo salvará porque protege a la verdad, ya que ella evita que se vuelva fría e impositiva. Por otro lado, protege la libertad, pues no obliga, sino que atrae; invita a la libertad humana a adherirse a lo que es noble y justo sin necesidad de coacción. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.

 Valmore Muñoz Arteaga

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