El silencio del sepulcro ha sido roto por la luz de la mañana más importante de la historia. Las campanas de nuestra ciudad y del mundo entero no solo anuncian el fin de la penitencia, sino el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte, de la luz sobre las tinieblas y del amor sobre el pecado. ¡Jesucristo ha resucitado!
Esta no es una noticia del pasado; es una realidad presente que transforma nuestra existencia.
Al encontrar la tumba vacía, se nos revela que el amor de Dios es más fuerte que cualquier obstáculo humano. Cristo vive, y su presencia no es un recuerdo vago, sino una fuerza que camina a nuestro lado en los desafíos cotidianos, en nuestras crisis y en nuestras alegrías.
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Celebrar la Pascua nos exige una respuesta concreta: vivir su amor. Estamos llamados a reconocer al maestro en el prójimo, a ser artesanos de reconciliación en un mundo dividido y a renovar la esperanza donde parece no haber salida. Resucitar con Cristo significa dejar atrás al «hombre viejo» para convertirnos en testigos valientes de su misericordia.
Como comunidad, esta Pascua debe impulsarnos a ser una Iglesia en salida. No podemos quedarnos encerrados; el mandato del Resucitado es llevar la certeza de que Dios no nos ha abandonado. Que la alegría de este domingo inunde nuestros hogares y que, al celebrar que Él vive, nos convirtamos en signos vivos de su presencia transformadora.
Pbro. José Lucio León
Director


