a sociedad contemporánea nos bombardea con una invitación constante: “disfrutar de la vida”. Bajo este eslogan, se nos empuja a un activismo frenético, haciéndonos creer que estamos “más vivos” por acumular experiencias placenteras. Sin embargo, si rascamos la superficie, descubrimos que la raíz de esta invitación es el miedo.
Cristo venció
Se nos invita a disfrutar porque “la vida se acaba”, porque “dura poco”. Es una motivación encadenada a la finitud, a una muerte que nos mantiene bajo el yugo del temor. Ante esto, los cristianos proclamamos: “Cristo venció a la muerte de una vez por todas”. Una frase hermosa, sin duda, pero que a menudo nos deja con una pregunta punzante: ¿Y a mí qué?
Los grandes tratados de teología nos explican que la Resurrección es la confirmación, por parte del Padre, del estilo de vida de Jesús. Es la prueba de que Dios no estuvo ausente en el Calvario, sino que acompañó cada suspiro de la Pasión.
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Pero la Resurrección no puede quedarse atrapada en el papel de los “libros gordos”. Para el tachirense, hombre y mujer de fe recia y trabajo constante, la Resurrección debe ser algo encarnado.
Resurrección encarnada
Nuestra gente del Táchira sabe de las dificultades. Sabe lo que es subir la cuesta con el peso de los problemas diarios. Sin embargo, en medio de esa fatiga, muchos experimentamos una confirmación silenciosa: la sensación de ser sostenidos por una mano que no vemos.
Ahí, en ese auxilio inesperado, en la fortaleza para no rendirse ante la crisis, nos asomamos a la Resurrección. Es la raíz de una alegría profunda que no depende de las circunstancias externas; es el gozo que nos ayuda a no temer a la muerte porque sabemos que el final no es un muro, sino un umbral, una puerta.
Tachirenses resucitados
El problema radica en que, a veces, ni los mismos cristianos nos tomamos la Resurrección suficientemente en serio. La entendemos como un milagro aislado que ocurrió hace dos mil años y terminó allí.
Si la vemos así, jamás comprenderemos que Cristo ha inaugurado una nueva humanidad. No es un evento del pasado; es una vida distinta que está brotando hoy, aquí mismo, entre nuestros cafetales y nuestras aldeas.

Tengo la dicha de conocer a muchos tachirenses que ya viven “resucitados”, sin necesidad de haber pasado por la tumba biológica ni haber presenciado un prodigio extraordinario.
Son personas que entregan su vida cada día en el servicio callado: la madre que levanta su hogar con sacrificio, el campesino que labra la tierra con esperanza, el joven que apuesta por la honestidad en un mundo herido.
Lo hacen sin pretensiones de heroísmo, con la alegría profunda de saber que la vida no se pierde cuando se gasta por amor. Saben que no hay que morir para resucitar; basta con entrar en esa vida extra que Cristo nos trajo.
Es una gente que contagia, que tiene un brillo especial en los ojos y una sonrisa que desarma cualquier pesimismo. En el Táchira, esa vida se manifiesta en la hospitalidad del encuentro y en la resistencia frente a la adversidad.
Ojalá que nosotros también formemos parte de este grupo. Que cuando caminemos por nuestras calles, la gente pueda mirarnos al rostro y decir: “Esta persona cree de verdad en la Resurrección”.
Vivamos repartiendo esa certeza.
Que nuestra fe no sea solo una doctrina creída, sino una vida desbordante y vivida, capaz de transformar nuestra tierra en un anticipo del cielo. ¡Cristo ha resucitado y en Él, el Táchira resucita cada día!
Pbro. Jhonny Zambrano—
Maryerlin Villanueva


