Hace un año el papa Francisco retornó a la Casa del Padre. Vuelvo a su recuerdo porque, ante la contingencia de estos tiempos, me sentí llamado a repasar algunas líneas de su carta apostólica Totum Amoris Est, dedicada a la memoria de san Francisco de Sales, a quien presenta como maestro de un amor que da forma a toda la vida cristiana y como testigo de cómo se vive la fe desde dentro, en el corazón.
En este documento, a mi juicio, fundamenta, retorna al centro del cristianismo. ¿Cuál es este centro? El amor, claro está, pero un amor que no es un adorno de la vida espiritual, sino su principio, medida de la verdad de nuestras obras y criterio con el que se discierne el deseo, conectando íntimamente la experiencia de Dios con el conocimiento de uno mismo.
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Ese mismo nervio la inseparabilidad del amor a Dios y al prójimo, la autenticidad verificada en obras concretas y el amor como vía para comunicar, servir y amar al pobre aparece con elevado protagonismo en el magisterio de León XIV, quien ha insistido en que la caridad cristiana tiene un rostro histórico que se expresa en la misericordia, en la comunión fraterna y en la caridad que abre la adoración verdadera hacia la transformación del corazón.
En sus páginas, cargadas de una misteriosa conjunción de ternuras, Francisco va a subrayar que la presencia de Dios en el interior del creyente hace que la vida espiritual no sea mera teoría, sino contemplación y acción tienen valor, pero la clave es que “el amor [sea] la verdadera medida del mérito detrás de las acciones”.
El amor no solo acompaña la obra, sino que la vuelve auténtica. Por eso, al hablar del mérito, el documento afirma que lo que otorga perfección a las obras es el amor; incluso una entrega menor “con dos onzas de amor” puede ser más valiosa que otra con menos caridad. Esta manera de comprender el amor como criterio vincula de forma directa con el modo en que León XIV lee la vida cristiana. No como cálculo religioso o político, como parece ser el fuego que mueve a muchos líderes en la actualidad, sino como manifestación de una caridad que se verifica en el amor al prójimo. En su mensaje por la Jornada Mundial del Enfermo, León XIV nos recordó vivamente el mandamiento del amor a Dios y al prójimo como doble, pero no separable, afirmando que el amor al prójimo es una prueba tangible de la autenticidad del amor a Dios.
Un rasgo vital en la lectura de Totum Amoris Est es que no zanja la tensión entre contemplación y acción negando una de ellas, sino mostrando que ambas pueden ser verdaderas cuando están animadas por el amor. Francisco cita la intuición de san Francisco de Sales, según la cual la contemplación, en sí, es mejor que la actividad, pero «si en la vida activa se encuentra una unión mayor con Dios, entonces eso es mejor», porque el criterio no es la forma externa, sino la caridad.
Por su parte, León XIV vuelve constantemente a esa misma lógica de unidad entre fe y vida. En el mensaje a los enfermos citado recién, la adoración y el servicio aparecen conectados, pues el amor al prójimo no es una consecuencia tardía, sino el modo en que se realiza el amor a Dios en los hechos.
Finalmente, Totum Amoris Est se proyecta en una dimensión existencial y comunicativa. El corazón no solo siente, sino que habla y se transparenta. El documento resalta que amar bien permite una comunicación auténtica, y en esa línea el magisterio de Francisco en documentos conexos formula el principio, según el cual, para hablar bien, basta con amar bien, y se subraya que comunicar no es manipulación, sino reflejo visible de una caridad interior.
De alguna manera, este espíritu lo hemos visto claramente reflejado en el magisterio naciente de León XIV y su afán por desarmar el discurso de la política contemporánea. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz Arteaga


