La realidad de nuestra amada Venezuela golpea a diario con el peso de la incertidumbre, las dificultades acumuladas y, de forma devastadora estos últimos días, por la dolorosa tragedia de los recientes terremotos que han sacudido al norte y las costas de nuestra patria.
Ante el luto por las pérdidas humanas, el estruendo de los derrumbes en La Guaira o Caracas y el miedo que aún late con cada réplica, el panorama fractura el alma de la nación. Frente a este agobio, las palabras del Evangelio de este domingo (Mateo 11, 25-30) resuenan como un bálsamo urgente y necesario: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré».
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Jesús no ignora el sufrimiento humano. Al contrario, dirige su mirada compasiva a los pequeños y sencillos: aquellos que hoy limpian escombros con lágrimas en los ojos, las madres que cuidan a sus hijos bajo refugios improvisados y las manos solidarias que rescatan vidas de las ruinas. En su entereza radica una sabiduría profunda y una fe inquebrantable que el dolor de la tierra no puede derribar.
El Señor nos invita a asumir su yugo, que es el del amor, la compasión activa y la mansedumbre. En este momento histórico de profunda vulnerabilidad, la Iglesia venezolana acompaña el caminar de su pueblo, recordando que el alivio cristiano no es pasividad ni resignación, sino una fuerza transformadora.
Encontrar descanso en Dios nos da la fortaleza necesaria para seguir levantando al caído, reconstruyendo hogares y tejiendo redes de caridad. No perdamos la esperanza; sobre la roca de la fe, nuestro pueblo volverá a ponerse en pie. Amén.
Pbro. José Lucio León


