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Una fortaleza silenciosa

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Leí en alguna parte que vivimos en la era de la exterioridad perfecta. Notificaciones, métricas de popularidad, la urgencia permanente de estar disponible; la cultura digital ha construido un mundo en el que el yo se derrama hacia fuera, se fragmenta en pantallas y se diluye en el aplauso efímero de los “likes”.

 Byung-Chul Han lo ha diagnosticado con dolorosa precisión al señalar que el sujeto contemporáneo ya no es explotado por un amo externo, sino que se autoexplota con la ilusión de ser libre. La violencia del sistema no viene de afuera; viene de adentro, y produce el cansancio crónico de quien nunca para.

Sin embargo, veo claramente una respuesta a este diagnóstico que no viene del mundo moderno sino de sus márgenes más inesperados. San Agustín, Marco Aurelio y Santa Teresa de Jesús. Los tres, desde tradiciones distintas y con vocabularios distintos, señalan hacia el mismo lugar: existe en el ser humano un espacio interior que ninguna fuerza exterior puede sitiar si el alma aprende a habitarlo.

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San Agustín pasó años buscando la verdad en todos los lugares equivocados. De las disputas filosóficas, pasando por las doctrinas del maniqueísmo hasta alcanzar honores de Cartago y Roma. Era, en el sentido más literal, un buscador, pero que lo había hecho hacia afuera. Lo que descubre en la segunda mitad de su vida es escandaloso en su simplicidad: «Tú estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío». La verdad no estaba en el horizonte de sus búsquedas externas; estaba en el centro de su propio ser, esperando a que parara de correr.

Su imperativo “No salgas fuera, vuelve a ti mismo” no condena el mundo exterior ni propone un ensimismamiento narcisista. Señala que el problema no es salir al mundo, sino salir de sí mismo como si el yo fuera un lugar vacío que hay que llenar con estímulos externos. El alma que “se arroja fuera de sí” a cada notificación es, para San Agustín, la misma alma que él describía en la Cartago del siglo IV. Una llagada, dispersa, incapaz de descansar porque busca en la superficie lo que solo existe en el fondo.

Pierre Hadot demostró que la filosofía es, sencillamente, una manera de vivir. Su lectura de las Meditaciones de Marco Aurelio revela que los apuntes del emperador son ejercicios espirituales concretos. Disciplinas de la atención orientadas a construir lo que los estoicos llamaban la ciudadela interior, espacio de la voluntad que ningún ejército y ninguna circunstancia puede tomar. Marco Aurelio gobernó el mayor imperio del mundo conocido. Todo lo que lo rodeaba era, en alguna medida, incontrolable. Sin embargo, había comprendido la distinción estoica fundamental entre lo que depende de nosotros, nuestros juicios, nuestra respuesta interior a los hechos, y lo que no depende de nosotros. La ciudadela viene a ser la comprensión de que el dolor externo no puede penetrar en ella sin nuestra anuencia.

Santa Teresa de Jesús escribió que el alma humana es un castillo de diamante o muy claro cristal, con siete moradas concéntricas y a Dios en el centro. Lo más audaz de la metáfora es que el castillo no está en ningún lugar del mundo; el castillo somos nosotros mismos.

Describe a las almas sin interioridad como agua derramada. Personas que existen fundamentalmente hacia fuera, que nunca entran en sí mismas. Aunque en el corazón del castillo, afirma, siempre está encendida una luz. Incluso cuando el alma ha olvidado completamente su interioridad, el sol no deja de brillar en el centro; simplemente, no llega su luz a las estancias exteriores porque las han tapado.

Los tres nos invitan a habitar el interior aun estando en el mundo exterior. En un sistema que necesita de nuestra dispersión para funcionar, la persona que ha construido su ciudadela es, en cierto sentido, un disidente: alguien que no está disponible para ser vaciado. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

 Valmore Muñoz

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