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León XIV: No son las armas atómicas las que generan la paz, sino el desarme

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«¡La paz esté con vosotros!»: este fue el primer saludo que Jesús Resucitado dirigió a sus apóstoles (Jn 20,19). Este es también el primer don que Cristo resucitado ofreció a sus amigos y al mundo entero: la paz. Sin embargo, ese don no se concedía «a la ligera»: el cuerpo glorioso del Maestro de Nazaret mostraba las llagas de la Pasión.

Él atravesó el odio, la violencia, la crucifixión del mundo. Jesucristo sufrió la injusticia, desarmado y desarmante, y resucitó. El anuncio evangélico se inscribía y se inscribe en la historia. Hoy, al igual que hace dos mil años.

La paz es el gran anhelo que agita muchos corazones, pero también se ve a menudo amenazada, pisoteada, ridiculizada. Hoy en día, nada menos que 103 Estados están involucrados de alguna manera en una guerra en la Tierra (1). Las armas retumban y matan en Ucrania, en Oriente Medio, en Sudán, en Myanmar, en Yemen, en el Congo y en muchas otras situaciones.

Mi querido predecesor, el Papa Francisco, acuñó en su momento la expresión «Tercera Guerra Mundial a pedazos» para describir una situación de conflicto generalizado, sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Al repasar mis intervenciones sobre este tema, ahora recopiladas en esta antología, quiero destacar algunos aspectos que me preocupan especialmente.

Lea también: Implicaciones del acto cismático y la necesaria actitud de los católicos

En primer lugar, la paz es una responsabilidad. Si nuestro primer instinto ante un problema con el que nos topamos, ante una tensión que vivimos, ante una ofensa que sufrimos es juzgar a los demás, acusarlos e incluso condenarlos, será inevitable que primero la indiferencia y luego el odio se desarrollen a nuestro alrededor. Existe una forma de ver la realidad que destruye y no construye. En cambio, la paz empieza por mí. Empieza por nosotros.

San Agustín decía: «Son tiempos difíciles, son tiempos duros, tiempos de desgracias. Vivid bien y, con una vida buena, cambiad los tiempos: cambiad los tiempos y no tendréis de qué quejaros» (2). No podemos pedir paz a los poderosos del mundo si no empezamos a vivirla nosotros mismos, a partir de nuestras relaciones cotidianas: en nuestras familias, en nuestros hogares, en nuestras ciudades, en los lugares donde trabajamos. La paz se construye con pequeños gestos cotidianos: una sonrisa regalada, una ofensa perdonada, una palabra amable.

Además, la paz se edifica con la verdad. Incluso quienes hacen la guerra afirman actuar «en nombre» de la paz. Nadie tiene la desfachatez de declarar que quiere la guerra por la guerra: incluso los poderosos de la Tierra saben que toda persona aspira a la justicia y desea vivir en paz. Sobre todo, tras las terribles consecuencias de los sucesos de Hiroshima y Nagasaki, recurrir a la guerra es cada vez más una «aventura sin retorno», como señaló san Juan Pablo II (3).

He recordado en varias ocasiones el sentido llamamiento que san Pablo VI dirigió a la Asamblea de las Naciones Unidas. Lo que une a los hombres —señalaba mi venerado predecesor— es un pacto sellado «con un juramento que debe cambiar la historia futura del mundo: ¡nunca más la guerra, nunca más la guerra! ¡La paz, la paz debe guiar el destino de los pueblos y de toda la humanidad!» (4).

Vatican News 

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