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La dignidad no se olvida

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Pocas enfermedades ponen a prueba nuestras convicciones más profundas sobre lo que significa ser persona como el Alzheimer. A medida que la memoria se disuelve, el lenguaje se quebranta y el reconocimiento de los seres queridos se vuelve precario, surgen preguntas, muchas preguntas entre ellas, una; ¿qué queda de la dignidad humana cuando desaparecen las facultades que tradicionalmente hemos usado para definirla, por ejemplo, la razón, la memoria, la autoconciencia, la capacidad de proyectar el futuro? En estas líneas, muy brevemente, intentaré meditar en esa pregunta desde dos tradiciones que, aunque partan de presupuestos diferentes, coinciden en una intuición común: la dignidad humana no puede reducirse a lo que una persona hace o recuerda, sino que está anclada en lo que una persona es.

La tradición filosófica moderna, especialmente desde Kant, ha fundamentado la dignidad humana en la autonomía racional. El ser humano merece ser tratado siempre como fin y nunca solo como medio precisamente porque es un agente racional capaz de darse a sí mismo una ley moral.

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Esta idea ha sido enormemente fecunda, base de los derechos humanos modernos, pero contiene una fragilidad que el Alzheimer expone sin piedad. Si la dignidad depende del ejercicio actual de la razón, ¿qué ocurre cuando esa razón se apaga progresivamente? Una dignidad fundada exclusivamente en la función cognitiva es, por definición, una dignidad que se puede perder.

 Frente a esto, el personalismo propone una distinción crucial entre la persona como sustancia y la persona como función. De esta conclusión parte San Juan Pablo II para señalar que la racionalidad no es algo que la persona deba ejercer continuamente para ser persona, sino algo que pertenece a su naturaleza, incluso cuando esa naturaleza está herida, dormida o impedida por la enfermedad.

Un enfermo de Alzheimer que ya no reconoce a su familia ni articula palabra, sigue siendo persona en sentido pleno. Lo que ha cambiado es su capacidad de manifestar su naturaleza racional, no la naturaleza misma. Lévinas ofrece una vía complementaria, quizás más útil precisamente porque no depende de una metafísica de la sustancia.

La dignidad no se demuestra ni se posee, se revela en el rostro del otro, que interpela y exige una respuesta ética antes de cualquier cálculo racional. El rostro del enfermo de Alzheimer, precisamente en su vulnerabilidad extrema, no pide ser evaluado según lo que puede ofrecer o comprender, sino que exige, con una autoridad que precede a toda deliberación, ser cuidado.

El catolicismo ofrece aquí un fundamento ontológico más radical que el personalismo filosófico puro, aunque coherente con él. La dignidad humana no se funda en ninguna capacidad ˗ni racional, ni funcional, ni relacional˗ sino en el hecho de ser creado a imagen y semejanza de Dios.

Esta afirmación, presente en el Génesis y retomada constantemente por el magisterio, tiene una consecuencia lógica ineludible: si la dignidad fuera un atributo adquirido por el ejercicio de ciertas capacidades, sería gradual y perdible; pero si es un don recibido en el acto mismo de existir, es inalienable e indivisible. En tal sentido, ni el sufrimiento, ni el estado de inconsciencia, ni la inminencia de la muerte disminuyen la dignidad intrínseca de la persona, rechazando explícitamente cualquier definición de persona que excluya, por su falta de capacidad racional actual, al anciano no autosuficiente o al discapacitado mental.

El Alzheimer es una prueba filosófica y teológica que desenmascara las teorías de la dignidad fundadas exclusivamente en la función. Frente a la tentación de medir el valor de una vida por lo que produce, recuerda o razona, tanto la mejor tradición filosófica como la enseñanza católica coinciden en un punto decisivo: la dignidad no es un logro que se pueda perder con la enfermedad, sino una condición que la enfermedad, por dura que sea, no puede tocar.

Quizás la lección más honda que el Alzheimer ofrece no es sobre los enfermos, sino sobre nosotros mismos. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.

 Valmore Muñoz

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