Cada mes de agosto, los caminos del Táchira presencian un fenómeno espiritual y sociocultural inquebrantable: miles de peregrinos de distintas edades, orígenes y condiciones emprenden la marcha hacia el Santuario Diocesano del Santo Cristo de La Grita.
A lo largo de montañas y carreteras, el sudor, la oratoria compartida y el cansancio físico se convierten en un altar itinerante. Este acontecimiento andino es una manifestación ejemplar de la articulación entre dos dimensiones indisolubles de la experiencia cristiana: la fe creída (fides quae) y la fe vivida (fides qua).
En el horizonte teológico contemporáneo, la reciente Carta Encíclica Magnífica Humanitas del Papa León XIV nos ofrece una clave de lectura providencial para interpretar este fenómeno.
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Al advertir sobre los riesgos de un mundo desencarnado, sumergido en la abstracción digital y el eficientismo técnico, la Encíclica nos invita a volver la mirada hacia la dignidad del ser humano, la corporeidad y el valor insustituible del encuentro real.
El misterio
La fe creída abarca el depósito dogmático e histórico de la Iglesia: la verdad revelada sobre Dios, la Creación y la Redención. En el centro de la devoción al Santo Cristo de La Grita se encuentra el dogma de la Encarnación. Dios no permaneció ajeno al dolor humano; asumió nuestra carne, nuestras limitaciones y nuestras heridas.
Magnifica Humanitas recuerda que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22). Al contemplation la venerada imagen del Santo Cristo con su rostro sereno tallado de manera milagrosa, el fiel católico confiesa con la inteligencia y el corazón que la victoria sobre la muerte y el pecado ya ha sido alcanzada.
No se trata de una teoría filosófica abstracta ni de un código moral normativo, sino del asentimiento a una Persona: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. La dogmática cobra belleza artística en la talla del Cristo andino, recordando que la dignidad humana no se demuestra ni se calcula mediante algoritmos, sino que precede a toda utilidad y radica en haber sido amados hasta el extremo.
Existencia encarnada y la proximidad
Sin embargo, la fe creída que no se traduce en vida corre el riesgo de convertirse en una ideología o en un devocionismo estéril. Aquí es donde irrumpe la fe vivida: la respuesta existencial, ética y comunitaria del creyente al amor recibido.
En la peregrinación al Santo Cristo, la fe se hace músculo, polvo, ampolla, pan compartido y vaso de agua brindado por un desconocido en la orilla del camino. Magnifica Humanitas insiste en la urgente necesidad de defender la «existencia encarnada» frente a una cultura de meras conexiones virtuales.
La máquina puede procesar datos y simular respuestas, pero no puede consolar, ni acompañar el paso del cansado, ni abrazar al que llora. Caminar hacia La Grita es una protesta silenciosa y profética contra el aislamiento contemporáneo.
La fe vivida del pueblo tachirense demuestra que la salvación se experimenta en comunidad. El “convite”, la solidaridad en los puntos de hidratación parroquiales y la acogida en los hogares del campo son la traducción concreta del Evangelio a la vida cotidiana. La fe creída en la Eucaristía de envío se transforma en fe vivida en la logística del amor fraterno durante el trayecto.
Faro para el continente digital y human
Frente a las tentaciones de una sociedad hiperconectada pero desvinculada, el Santo Cristo de La Grita y las enseñanzas de Magnifica Humanitas nos devuelven la brújula.
La cultura digital es una herramienta valiosa para convocar, informar y evangelizar, pero nunca podrá sustituir la presencia física en el Templo, la participación en los sacramentos y el apretón de manos o el abrazo entre hermanos.
La calidad de nuestra fe no se mide por la cantidad de seguidores en perfiles virtuales, sino por la profundidad del cuidado que ofrecemos al frágil. Al llegar al Santuario y orar ante el Rostro Sereno, el peregrino no encuentra una ilusión óptica, sino la mirada acogedora de Aquel que camina a su lado.
El Santo Cristo de La Grita sigue siendo hoy, a la luz del Magisterio de la Iglesia, el recordatorio viviente de que nuestra Humanidad es efectivamente Magnífica cuando reconoce sus límites, dobla las rodillas ante Dios y se pone en marcha para servir al hermano.
Pbro. Jhonny Zambrano
Vicario Episcopal de Comunicación


