En la actualidad, y con fuerte respaldo del empleo inconveniente de las redes sociales, se ha construido un discurso de polarización política que ha concluido, peligrosamente, en la negación del otro. Quien se identifica como de derecha no tolera a nadie de izquierda y viceversa.
Esto, también hay que decirlo, con procesos políticos que han alimentado la frustración propia de quien siente que su presente y su futuro han sido comprometidos por gobiernos vinculados con esta u otra corriente ideológica. Esta dinámica no es solo un síntoma de división social, sino un fenómeno peligroso que nos acerca al totalitarismo al deshumanizar al adversario y eliminar el espacio para el diálogo.
El filósofo español José Ortega y Gasset acuñó el término “hemiplejía moral” para describir precisamente esta odiosa situación, esa incapacidad de ver la realidad más allá de los límites de una ideología. En su obra más popular La rebelión de las masas, criticará el sectarismo político y denuncia que ser solo de izquierdas o solo de derechas implica renunciar al juicio propio y reduce la comprensión de la realidad.
Para Ortega y Gasset, el problema no está en la existencia de diferentes partidos políticos, sino en la transformación de las diferencias en identidades cerradas. Su filosofía del perspectivismo sostiene que la realidad solo se comprende sumando múltiples puntos de vista; centrarse en uno solo es reduccionista y renuncia a una parte esencial de lo real.
Lea también: Un encuentro de fe y música en Catedral: 104 años de Diócesis de San Cristóbal
La frase “La intolerancia, la estupidez y el fanatismo pueden combatirse por separado, pero cuando se juntan no hay esperanza” se ha atribuido comúnmente a Albert Camus, resume con precisión una de las grandes preocupaciones del pensamiento del premio nobel argelino: el peligro de las certezas absolutas cuando se convierten en dogma y excluyen al otro. Camus, en obras como El hombre rebelde, critica toda ideología que pretenda tener la verdad absoluta y que, en nombre de esa verdad, justifique la eliminación o deshumanización del disidente.
Para él, la lucidez y la responsabilidad individual son el primer dique frente al avance conjunto de la intolerancia, la estupidez y el fanatismo. La rebelión auténtica, en cambio, nace del reconocimiento de un límite común, comprender que nadie posee la verdad completa y todos compartimos una condición humana que nos hace solidarios.
La polarización política contemporánea, según Miroslav Volf, es una forma de teología política negativa que convierte al adversario en un monstruo que debe ser eliminado. Frente a esto, propone una “teología pública de la otredad”; es decir, un enfoque cristiano que reconoce al otro como prójimo y como imagen de Dios, incluso cuando sus ideas sean opuestas.
A ello ha apostado siempre y de manera sistemática la Iglesia católica, afirmación que se ha hecho más clara y contundente en la medida en que se ha perdido el diálogo del horizonte de la racionalidad política.
Recordemos, en este momento, escenas frente a las que nos ubican obras como 1984 de George Orwell o Un mundo feliz de Aldous Huxley. Narraciones que nos denudan sociedades que han perdido la capacidad de pensar críticamente y de reconocer al otro como un ser humano con dignidad.
Otro tanto nos advierte Dostoievski en Los hermanos Karamázov, cuando explora el peligro de las ideologías que pretenden construir un paraíso terrenal a costa de la libertad humana. El personaje de Iván Karamázov representa al intelectual que, en nombre de la razón y la justicia, está dispuesto a sacrificar a los individuos concretos por un bien abstracto.
Históricamente hablando, hay muchos casos harto documentados que revelan que la derecha es tan sangrienta y brutal como la izquierda, y viceversa. Sin embargo, también está el hecho que, dentro de la izquierda y de la derecha, existen seres humanos valiosos sin cuyo concurso construir una sociedad plena es imposible. Comprendo perfectamente el dolor, la frustración y la indignación producto de situaciones terribles de injusticia, pero estas situaciones no se superan cerrando el corazón, sino todo lo contrario. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz Arteaga


