Wenceslao de Bohemia, hijo de Vratislao I, duque de Bohemia y su madre, la princesa Drahomíra, de origen eslavo nació en el 907 cerca de Praga, República Checa. Santa Ludimila, fue su abuela y se encargó de su educación con un propósito directo de sembrar en su corazón amor incondicional y servicio generoso y desinteresado a Dios.
Luego de la muerte de su padre, Wenceslao, con trece años, se erigió como duque, pero no tenía la edad ni las capacidades para ser un gobernante y es allí, donde su abuela, lo protegió y lo preparó en la fe cristiana, una decisión que le costaría la vida a manos de quienes en una etapa de transiciones aún fortalecían las costumbres paganas por encima del incipiente catolicismo que ya tomaba terreno en Bohemia.
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La muerte de la abuela trajo consigo el reinado de su mamá quien inició una de las etapas grises de la religión en la zona, con la persecución a los católicos, la destitución de personero en cargos de Estado y la clausura de templos, con la intención de erradicar abruptamente una creencia que se extendía en todos los corazones y se cimentaba con las palabras de amor del Señor.
“Con el corazón roto por las acciones de su madre, Wenceslao comenzó a desmantelar sus mandatos anticatólicos, hasta que finalmente la desterró. El duque era un católico devoto. Anhelaba que toda Bohemia abrazara el cristianismo y buscaba cumplir esta misión mediante fervientes oraciones. Diligente en sus deberes diarios, solía dedicar noches enteras a la oración ante el Santísimo Sacramento. Practicaba penitencias con regularidad, embellecía la iglesia y disfrutaba preparando el pan para la misa, a la que asistía diariamente”.
Los ataques continuaban en contra del catolicismo, una situación que el joven duque iba librando con tesón y con el compromiso de dejar que la palabra de Dios estuviera en todo el pueblo que lo seguía y quien lo consideraba justo y el corazón bondadoso para ayudar a todos.
“El reinado de Wenceslao fue trágicamente breve. En su juventud, su madre, ávida de poder, orquestó su asesinato, designando a su hijo menor como verdugo. Boleslao invitó a Wenceslao a una comida y luego asesinó a su propio hermano. Las últimas palabras de Wenceslao fueron: «Que Dios te perdone, hermano». Poco después, Wenceslao fue venerado como mártir y santo, inspirando biografías y convirtiéndose en un faro de virtud para futuros monarcas”.
Oración
Oh Dios, que enseñaste al mártir san Wenceslao a anteponer el Reino celestial al terrenal,
concédenos con sus oraciones que, negándonos a nosotros mismos,
podamos aferrarnos a Ti con todo nuestro corazón.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, un solo Dios,
por los siglos de los siglos.
Carlos A. Ramírez B.


