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Apuntes sobre la belleza

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Podríamos asegurar que la búsqueda de la belleza, la capacidad de gustar y detectar lo bello, son rasgos propios de la condición humana. Bajo tal afirmación, podemos suponer que no ha existido pueblo alguno sin un sentido profundo de la hermosura que se hace visible a la inteligencia humana, por medio de las cosas creadas. Estas cuestiones las tenemos, más o menos, claras. La idea de la belleza está profundamente vinculada a la del ser, en cuanto a que la belleza no es inteligible, sino desde el ser. No tiene otra consistencia que la recibida de él. Hay que partir del ser para llegar a la belleza.

 Por ello, quizás Hesíodo escribió que “el que es bello es amado, el que no es bello no es amado”. San Juan Pablo II tuvo claro que en ella, en la belleza, se halla la clave del misterio y la llamada a lo trascendente, es una permanente invitación a gustar la vida y a soñar el futuro. Cuando entramos en la dinámica de la escritura comprendemos que la belleza contiene un sentido pleno, a partir de la coexistencia entre lo ético y lo estético. Valores que, además, no pueden disociarse. Benedicto XVI distingue a la belleza como una palabra que revela la inevitable nostalgia del hombre por la verdad, la justicia y el bien, es decir, la nostalgia de Dios.

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La belleza es también conocimiento, una forma superior de conocimiento, ya que golpea al hombre con la grandeza de la verdad. La modernidad puso fin a la relación que había entre lo bello y lo sublime, tal como ya expresamos. Byung Chul-Han sostiene que lo bello ha quedado aislado en su positividad pura transformándolo en objeto de agrado. Al hacerlo, no solo lo separa de aquello que es sublime, sino que, además, lo opone. Así, la belleza queda expuesta como pura exterioridad, sin raíz, sin belleza. Sin embargo, todavía ese grito del corazón, esa luz sonora que nos recuerda interiormente la fuerza de la verdad, allí permanece, pero nos encontramos distraídos, encubiertos, vacíos.

La belleza en la modernidad es un escaparate sin velos, sin silencios ni misterios. “Lo bello es un escondrijo”, dice Chul-Han, le resulta esencial a la belleza el ocultamiento. “A la belleza le resulta esencial el encubrimiento. Así es como la belleza no se deja desvestir o desvelar. Su esencia es la indesvelabilidad”. Lo contrario a la belleza es la pornografía, ya que habla a través de un tenue velo de palabras alegóricas. Estamos ante algo distinto que va más allá de una estética de lo feo. No se trata de que el hombre se haya sumergido en el abismo de lo horroroso, de lo monstruoso, del mal. El hombre se ha transformado en un abismo, en un infierno ético y estético.

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 El compositor austríaco, Arnold Schönberg, resaltaba la emoción estética como algo capaz de superar lo tangible, contingente y relativo; que trasciende lo estable y conocido adentrándose en los estados de lo secreto, del misterio y del absoluto. La provocación de lo bello puede llegar a ser en sí misma una sugestión hacia lo superior y lo infinito. La emoción estética nos refiere a un estado de conciencia que permite disfrutar plenamente las aves del cielo y las flores en el campo (Mt 6,26-33). La emoción estética permite el establecimiento de un espíritu que, como Sócrates, sabe que no sabe y por eso busca a través de la belleza el sentido, que trata de alcanzar un bien que no renuncia a la propia belleza, sino que la asume y transfigura.

Ante lo bello, el hombre se abre al misterio de comprender cómo y en qué condiciones se pueda despertar una emoción a través de manifestaciones artísticas, científicas o profesionales, pero independientemente de la situación que las despierte, experimentar este tipo de emociones produce bienestar. Estamos hechos de la misma sustancia de los sueños, Shakespeare, y no podemos dejar de ser lo que somos, aunque podemos mejorar eso que somos. La emoción estética nos invita a contemplarnos. Contemplarnos no sólo con la vista, sino con las manos, el oído, el gusto y el olfato: esa contemplación ayuda a “sentir el corazón imantado hacia todas las cosas”, como escribió Valle Inclán. Paz y bien.

Valmore Muñoz Arteaga

Profesor y escritor

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