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Contemplando a Benedicto XVI

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Estas líneas tendrán un espíritu confesional. Recuerdo un momento durante el Evangelio de San Juan en el cual se recogen unas palabras del Señor a Pedro: te llevarán adonde tú no quieres (Jn 21,18) Curiosamente, es la misma línea que recordó Benedicto XVI cuando saludó a los miembros de la Congregación de la Doctrina de la Fe una vez elegido sucesor de Pedro.

A veces las circunstancias nos conducen hacia personas, lugares o situaciones que no queremos, que no deseamos, pero que no podemos evadir o darle la espalda. En tal sentido, tengo que aceptar mi dolorosa confusión, no solo ante el mundo que vivo, sino ante la propia enseñanza de la Iglesia.

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Transcurrían los últimos días del pontificado de San Juan Pablo II. Su salud no le permitió celebrar el Vía Crucis y encomendó las meditaciones de aquella jornada al, entonces, cardenal Joseph Ratzinger. En aquel Vía Crucis en el Coliseo, Ratzinger lanzaba una pregunta tremenda: “¿No debemos preguntarnos por lo que hoy sufre Cristo en su propia Iglesia? […]Ayúdanos a renunciar a nuestra soberbia destructiva”.

Sobre esta soberbia, meditaba: “La humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos”.

La soberbia muestra su rostro en la Iglesia, llamada a ser mansa y humilde. La soberbia que nos conduce a errar como ovejas, cada uno siguiendo nuestro camino. La soberbia es una noche oscura y la noche, meditaba Benedicto XVI: “es símbolo de la muerte, de la pérdida definitiva, de comunión y de vida”. Precisamente por eso es la esencia del pecado.

La soberbia puede someter la comunión del pueblo con el Papa, sobre lo cual expresó Benedicto XVI que, a pesar de que la unidad de la Iglesia siempre ha estado en peligro, “siempre ha prevalecido la conciencia de que la Iglesia está y debe permanecer unida. Su unidad siempre ha sido más fuerte que las luchas y las guerras internas”.

En la misa que dio inicio a su pontificado, expresó: “Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia”. Ponerse junto con toda la Iglesia, no delante, sino junto a la Iglesia, es decir, en perfecta comunión con el Papa y, como el propio Benedicto XVI lo afirmó, “el Papa es uno, Francisco”. La obediencia hacia su sucesor no ha estado nunca puesta en discusión. Estas son las cosas que él le mostró el Señor.

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Contemplando a Benedicto XVI, comprendo que el Papa está llamado a ofrecer las verdades de la fe, interiorizadas y vividas en un intenso camino espiritual personal, como ocurre con todo sacerdote. En tal sentido, desde mi condición de manos vacías, me abro a la certeza de que es Voluntad de Dios que mi comunidad con el Papa, en este caso, Francisco, sea férrea, sin fisuras de ninguna naturaleza, y, precisamente, por esa comunión, estoy obligado, no solo a orar por él, sino a comprender su magisterio con humildad y apertura, pues como también creía San Agustín, “Unidos en la misma caridad, afirma también san Agustín todos somos oyentes de aquel que es para nosotros en el cielo el único Maestro”. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.

Valmore Muñoz Arteaga

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