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Contemplar con el corazón

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Escribió Valle-Inclán que la belleza suprema está en Dios. Muy probablemente, una idea semejante haya impulsado al pensamiento escolástico a inclinarse preferentemente al estudio de la belleza inherente a toda criatura, es decir, la belleza trascendental. El universo es bello. Está compuesto de partes distintas, de luces y sombras; pero, así como la belleza de un poema puede captarse considerando todos sus versos, de la misma manera, todo en este mundo es bello para quien sabe contemplarlo desde el punto de vista de donde se abarca el todo. Así, en estos términos, lo comprendió San Buenaventura. Todos los seres, cada uno de ellos, cada uno de nosotros, tenemos belleza, porque la belleza es trascendental: donde hay ser, hay belleza. Somos imagen y semejanza de Dios.

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Esto parece indicar que solo la contemplación puede conducirnos al amor que se encuentra en la raíz de todo conocimiento. Somos catapultados hacia el ser amado. La contemplación nos transforma en pájaro que se lanza al vuelo desplegando todas sus alas. Experiencia que me recuerda aquellas palabras de Jesucristo cuando nos dice que miremos las aves del cielo y los lirios del campo o, más bien, contemplemos las aves y los lirios.

Ver los pájaros, en este sentido, es volar con ellos. Contemplar los lirios no es considerar su forma de crecimiento, sino conocerlos de verdad, es también convertirse en lirio. Lo comprendió San Ignacio de Loyola al advertir que la experiencia contemplativa es aquella que vive una persona desprendida de sí, abierta a vivir en la presencia continua de Dios. A sentir objetivamente la mirada de Dios en el interior.

Sentir la mirada de Dios en nuestro corazón que es el centro unificador del hombre, sendero que conduce hacia el horizonte de nuestra verdadera identidad, abre las compuertas de la transformación. El corazón es quien adiestra en la verdad al hombre frente a las serenas aguas del misterio, ese que envuelve al mundo y que solo se percibe cuando, como escribe Unamuno, la lumbre eterna abre los ojos. ¿Puede haber algo más transformador que abrir los ojos? Cambiar de la obra de la vista a la obra del corazón, así lo experimentó Rilke, es poderosamente transformador. Todo ello es importante en el proceso del vivir.

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Volver al corazón transforma nuestra mirada, más bien, la fuente que le da vida. No se trata ahora de mirar con los ojos corporales, sino con aquellos más profundos inundados de luz que es Cristo como Palabra definitiva de Dios. Y Dios, como señala San Juan: “es luz y en Él no hay tiniebla alguna”. Estar en comunión con Dios es estar en la luz y estar en la luz es estar en comunión con Dios, es decir, está en la luz. Estar en comunión con Dios es iluminar el corazón que, a su vez, despeja el camino de la mirada apartando todo lo que no le es propio. Luz que hace arder el corazón permitiendo reconocer a Cristo aun en lo más miserable de este mundo.

San Agustín lo explica en estos términos: “El hombre comió pan de los ángeles. Por tanto, la misma Vida se ha manifestado en la carne, puesto que apareció ostensible a fin de que una realidad que solo se puede ver con el corazón se vea también con los ojos, con el objetivo de sanar los corazones. En efecto, a la Palabra se la percibe sólo con el corazón, mientras que a la carne se la ve también con los ojos del cuerpo. Teníamos ojos para ver la carne, pero no para ver la Palabra. Por eso la Palabra se hizo carne que nos fuera posible ver, para que sanase en nosotros lo que nos capacita para ver la Palabra” Paz y bien, a mayor gloria de Dios.

 Valmore Muñoz Arteaga

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