La Iglesia parece intentar dar un giro radical hacia la afectividad en este comienzo de siglo. Si con Dilexit nos (2024), Francisco buscó rescatar el símbolo del Corazón de Jesús frente a un mundo desalmado y fragmentado, la llegada de Dilexi te (2025) por parte de León XIV no representa un cambio de rumbo, sino la reafirmación y culminación de un proyecto antropológico.
El marco de ese proyecto tiene como punto de partida a Francisco, que nos ha recordado que Él nos amó, mientras León XIV responde con el imperativo del encuentro: Yo te he amado.
Dilexit Nos, promulgada por Francisco en octubre de 2024, encarna un culmen en su magisterio sobre el amor divino y humano, inspirada en el mandato evangélico: “Como yo os he amado, así amaos también unos a otros” (Jn 13,34). Un año después, en 2025, León XIV publica su primera exhortación apostólica, Dilexi Te, que, a todas luces, es una continuación natural del documento de Francisco.
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Ambas orbitan alrededor del amor (caritas), pero haciendo un énfasis singular en el corazón como sede simbólica y existencial de esta realidad. Dilexi Te, en tal sentido, es una profundización en el legado de Francisco, proponiendo el corazón no solo como metáfora, sino como principio vital para la Iglesia en estos tiempos líquidos.
Francisco nos presenta al corazón no como expresión de sentimiento vaporoso, sino como centro unificador de la persona. En Dilexit Nos, advierte sobre una sociedad líquida que ha perdido su centro. Por eso invita a volver al corazón, pues es el lugar donde la razón y la voluntad se abrazan.
León XIV, por su parte, retoma esta premisa en Dilexi Te, pero trasladándola del ámbito de la introspección al ámbito del reconocimiento concreto y objetivo del otro. Si Francisco propone que el Corazón de Cristo es la fuente, León XIV argumenta que el corazón humano solo se activa cuando se siente interpelado por una presencia concreta. Por ello, retoma una conclusión ya trajinada por el personalismo católico: no hay corazón sin un tú.
Francisco redefine, entonces, el amor como un corazón herido y misericordioso, recordando la tradición agustiniana y franciscana. El corazón es comprendido como órgano central de la antropología cristiana: espacio vulnerable donde Dios habita y transforma el sufrimiento humano en comunión. Insistirá en que el amor no es abstracto, sino encarnado; el corazón de Cristo, traspasado en la cruz, se convierte en modelo para el corazón humano. Por su parte, León XIV retoma esta semilla haciéndola florecer en una exhortación más contemplativa y mística. Plenamente consciente del contexto post-Francisco, decide iniciar su pontificado con un yo te he amado dirigido directa y concretamente al pueblo de Dios, como un eco personal del nos colectivo de su predecesor. Vemos maravillados cómo el corazón adquiere una dimensión eclesial y sacramental.
Se trata del corazón de la Iglesia, herido por los escándalos pero llamado a la purificación. León XIV enfatiza dicha continuidad al citar abundantemente Dilexit Nos, proponiendo el corazón como fuego interior que une el amor vertical, es decir, hacia Dios con la horizontal, hacia el prójimo.
La enseñanza que surge al meditar ambos documentos es la certeza de que el amor no es una abstracción, sino un evento, un evento concreto. Francisco allanó el terreno desmontando el intelectualismo baldío y el rigorismo moral, devolviendo a la Iglesia a su primer amor, el Corazón de Cristo.
León XIV, en Dilexi Te, toma ese fuego y lo lanza hacia las periferias existenciales, sugiriendo que la única forma de demostrar que hemos comprendido Dilexit Nos es viviendo en el servicio al prójimo. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz Arteaga


