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Educación, amistad y ternura

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Pierre Hadot nos regaló contemplar la época griega como un momento en el cual la adopción de una visión filosófica implicaba una modificación de la propia existencia con la finalidad de poner en conformidad su teoría y su práctica. Señala que el discurso filosófico nace de una elección de vida y de una opción existencial. En esta afirmación podemos resaltar lo que somos los hombres: seres capaces de distinguir el Bien del Mal, lo justo de lo injusto, la tierra del cielo, lo Bello de lo Feo.

 “¿Hay que civilizar al hombre o hay que dejarlo abandonado a su instinto?”, se pregunta Diderot. La pregunta del enciclopedista nos conduce irremediablemente a pensar en la Educación y las posibilidades que ella brinda para alimentar el interior del hombre con el alimento necesario para poder discernir con mayor provecho sobre él, sobre el otro, sobre todo. La Educación le permite al hombre edificar un tipo de sociedad que no sea reducida, simple y limitada, que no sea fija y que, por lo tanto, evolucione.

Lea también: Conciencia aislada, discernimiento y diálogo

 Derrida indica que es en la semejanza donde siempre nos asemejamos al otro. Entiende que es uno el que inicialmente impone reglas, uno define y el otro cede. Por ello, cree que, en esta relación esporádica de dominación, existe la amistad que será, o debería ser, el sustento de la existencia.

 La amistad es el vivir, la aceptación del otro, en la legitimidad del otro, en la convivencia, sin exigencia, sin peticiones y sin juicios, escribe Maturana, como un espacio en el cual todo es posible y legítimo, incluso el desacuerdo y la discrepancia. Cuando le exigimos al amigo o el amigo nos exige ser de cierta manera, la amistad se compromete. El Papa Francisco nos ha hablado sobre la importancia que para la existencia de la humanidad tiene la amistad. Menciona la amistad social como una necesidad para la buena convivencia, pues es un regalo para la vida y un don de Dios.

La Educación debe procurar salir al encuentro de nosotros mismos para reencontrarnos con el otro. Para ello debemos hacer nuestra la convicción de que “no hay amor más grande que aquel que da la vida por los amigos”. Wilde pensaba que en el arte como en el amor es la ternura la que da la fuerza. La ternura no es blanda. Eso lo comprendió la doctora Elisabeth Kübler-Ross cuando, al acompañar a miles de enfermos en su camino a la muerte, el recuerdo frecuente en ellos no estaba atado al éxito o al triunfo, sino con experiencias profundas con un ser amado, esos momentos de intimidad abrazados al abrazo de la ternura. Maturana resalta a la ternura como expresión de que uno, al aceptar al otro en su legitimidad, lo acoge; es moverte con el otro en esa visión que los acoge y en la cual uno descubre sus deseos y sus necesidades y las toma en cuenta en su vivir.

 Esta ternura debe invadir por la revelación de Dios como Amor, así lo reconoce Chiara Lubich cuando afirma que podemos comprobar en nuestra historia, que desde el comienzo ha estado presente un único educador, el Educador por excelencia, es decir, Él: Dios Amor, Dios Padre. Tomó la iniciativa atándonos desde el principio “con lazos de ternura, con cuerdas de amor, los atraje hacia mí. Los acerqué a mis mejillas como si fueran niños de pecho” (Os 11,4) Lazos que, de alguna manera, nos abren a una experiencia de cercanía sensual de la caricia, permitiendo volver a establecer al amor como una posibilidad de refundarse en fenómeno social. Paz y bien.

Valmore Muñoz Arteaga

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