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Educar el silencio

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El libro de Proverbios nos brinda un acercamiento muy valioso a la hora de meditar sobre la posibilidad de educar al ser humano en su relación con el silencio. Por una parte reconoce que “aún el necio, cuando calla, es contado por sabio; el que cierra sus labios es entendido” (17,28) y por otra resalta que “la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!” (15,23). Educar al ser humano en su relación con el silencio significa la comprensión profunda del valor de la prudencia.

 El apóstol Santiago señala sin cortapisa que “todo hombre sea pronto para oír y tardo para hablar” (1,19). Hacer silencio parece en ciertos momentos sencillo, tanto como hablar. La verdadera dificultad parece radicar en hacer silencio cuando realmente hay que hacerlo y hablar cuando esto sea, no sólo requerido, sino necesario. Buda invita a comprender el habla como una virtud.

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Vattimo señala que el silencio funciona con el lenguaje como la muerte en relación con la existencia. Ante la presencia de la muerte, la existencia cobra otro valor, más bien entramos en cuenta del valor sustancial de poder vivir. El silencio es un horizonte que necesita la palabra para poder resonar. El silencio es ese instante en el cual podemos buscar la palabra apropiada, en el que tomamos la decisión de mentir o abrazarnos a la verdad.

Dios, antes de decir “haya luz” (Gen 1,3) había hecho silencio. La creación con toda su belleza y perfección no es producto tanto de la palabra como del silencio. Allí, en ese silencio divino, Dios pensó aquello que desencadenaría toda la existencia. Imam Al-Bujari, compilador y erudito musulmán, señala de manera contundente que quien cree en Dios debe decir buenas palabras o permanecer en silencio. El Corán, sobre el valor del silencio como ventana hacia la prudencia, exalta la necesidad de un hablar modesto y sereno, puesto que el ruido es más desagradable que el rebuzno de un asno.

El apóstol Santiago ve en la lengua como un fuego, un mundo de maldad que, aunque pequeño, se jacta de grandes cosas (cfr. 3, 5 – 6). Por ello, como hemos apuntado, hay que pensar antes de hablar con la finalidad de pronunciar, efectivamente, la palabra correcta. El Corán exhorta a los hombres a ser siervos del misericordioso que caminen sobre la faz de Tierra con humildad, que cuando sean increpados por los ignorantes les respondan con palabras de paz. Hablar adecuadamente nos transforma en los instrumentos de paz que exalta la sensibilidad franciscana, por ello, antes de hablar busquemos en el silencio interior preguntándole si lo que estamos a punto de decir es útil, inspirador, necesario o amable.

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El Noble Camino Óctuple del budismo ahonda en esta realidad del habla. Refiere a que el habla correcta es algo más profundo que corregir el habla. El habla correcta supone cuatro aspectos a considerar con seriedad y profundidad: abstenerse del lenguaje falso, no emitir calumnias sobre otro, inhibirse del lenguaje grosero, descortés o abusivo, y evitar acercamientos al chisme o las habladurías. No se trata sólo de corregir el lenguaje, sino corregirnos profundamente.

Hacer silencio para procurar un hablar correcto implica algo más profundo y complejo: acallar el infierno en que nos hemos transformado producto de haber entrado, casi complacidos, al ritmo vertiginoso de la cultura de la muerte. Hemos creado un lenguaje de la muerte y hemos sido seducidos por él. Hemos alimentado las palabras con veneno, carentes de bondad, de compasión, de alegría y ecuanimidad. No es fácil transitar este camino, pero si nos está resultando más sencillo aniquilar al otro con la lengua, entonces urge un cambio. Paz y bien.

Valmore Muñoz Arteaga

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