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El corazón es un horizonte

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“Yo vi a un hombre persiguiendo al horizonte; corrían y corrían dando vueltas. Yo me quedé pasmado. Lo increpé al hombre. “Es inútil”, le dije, nunca podrás. Mentira, gritó, y siguió corriendo”. Se trata de un poema de Stephen Crane. He vuelto al poema porque Dilexit Nos me lo recordó mucho mientras la leía. Me imaginé al Papa Francisco persiguiendo un horizonte que, sin duda, es el mismo que yo persigo. Quizás, no se trata de perseguir al horizonte, sino de volver al corazón.

Volver al corazón con la finalidad de comenzar a abrirnos a una comprensión de la existencia abrazada al misterio del hombre. Abierta a ese punto en el cual, el corazón creyente ama, adora, pide perdón y se ofrece a servir en el lugar que el Señor le da a elegir para que lo siga, como expresa Francisco. Un punto en el cual el cielo y la tierra se abrazan, se hacen uno solo, como el corazón que es centro unificador, espacio en el cual se posibilita el íntimo encuentro con Dios.

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En lo más interior del ser humano brotan las fuentes de la vida. Se configura aquello que nos distingue, aquello que nos ordena nuestra identidad espiritual poniéndonos en comunión con las demás personas, pero también nos abre los ojos a una dimensión más íntima con la realidad. Una dimensión que permite al hombre deleitarse con los destellos divinos diseminados en lo cotidiano. Destellos que anuncian la verdadera belleza y que solo el corazón puede captar, puesto que se encuentra imantado hacia ella. La belleza auténtica abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo de conocer, de amar, de ir hacia el Otro, hacia el más allá.

Esa belleza que, como la verdad, es lo que despierta la alegría en el corazón de los hombres; “fruto precioso que resiste a la usura del tiempo”, sostiene. Que sacude al hombre para hacerlo salir de sí mismo, arrebatándole de la resignación, la conformidad, la mediocridad, el consumismo, en pocas palabras, del miedo a Cristo y a la potencia que se desnuda en los latidos siempre vivos de su Corazón. Miedo que no propicia estados profundos de conciencia donde se haga posible experimentar la poesía oculta en todo lo que nos rodea. Poesía amorosa que nos punza el corazón, lo hace arder, lo arroja al otro lado.

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Escribe Francisco en Dilexit Nos: “cuando se capta alguna realidad con el corazón se la puede conocer mejor y más plenamente”. La filosofía realmente no comienza entre las cuatro paredes de las certezas, sino de la conmoción, del asombro. Allí donde el filósofo detiene su pensamiento, el corazón es impulsado a dar otro paso y otro más. No es un Yo encerrado en sí mismo, sino un Yo que es el tú de Dios abriendo la posibilidad de la amistad con Él construyendo frente a su mirada atónita nuevos horizontes.

Una amistad que nos pone en contacto con lo que sienten y cómo se sienten las cosas. Que nos reconcilia con las preguntas que nos devuelven la dignidad. Que nos reconcilia con la fe y la sensibilidad como formas legítimas de conocimiento. Que nos ayuda a comprender que la salvación del hombre tiene lugar en la historia, pero que no es un hecho histórico. Por ello, Francisco retoma lo que ya San Agustín propuso anteriormente: volver al corazón, volver al centro, a esa fuerza única capaz de unir lo que ha sido fragmentado por una racionalidad completamente instrumentalizada y deshumanizada. Volver a comprender que el corazón es un horizonte propiciador de encuentros. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.

Valmore Muñoz Arteaga

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