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El hombre de hoy clama justicia

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Nos ha sucedido, que al menos una vez en la vida, al encontramos en un momento difícil, alguien nos ha aconsejado la oración para encontrar paz y sosiego a nuestra alma; y clamar insistentemente al cielo la justicia que necesitamos. La liturgia de este domingo, día del Señor, insiste en este tema.

LA ORACIÓN PERSEVERANTE

La oración piadosa, inundada de fe, hecha con absoluta confianza, con total desprendimiento de egoísmo, vanidad o avaricia y con la certeza que sin Él no se puede hacer nada; ésa, es la que nos da la “posibilidad” de obtener lo que pedimos. Y digo “posibilidad” porque nuestra oración no es una orden impuesta a Dios, ni Él está obligado a cumplir nuestra voluntad; es Dios en Su infinita sabiduría, quien considera lo que es justo e injusto, y finalmente hace Su voluntad, que siempre será lo mejor para sus hijos, así no lo entendamos.

El Evangelio de hoy, señala una de estas cosas malas: la injusticia de los hombres. En este caso la injusticia es cometida tanto por el adversario de la viuda como por el juez, quien se supone sea la persona encargada de administrar la “justicia”. Pero la justicia divina es superior a la terrenal. Dios juzgará y actuará como juez honesto y justo, sólo debemos ser pacientes y aguardar como aquella viuda, a que llegue el momento, porque Dios, al escuchar nuestra súplica, sin duda alguna responderá y nos ayudará.

La oración y la reflexión personal, junto con el conocimiento y la profundización en la Sagrada Escritura, hacen del cristiano, alguien pleno de la sabiduría, de una sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe; es decir, a alguien “perfecto y preparado para toda obra buena” (2Tim 3, 17). Veamos, pues, en todo esto, el valor fundamental de la oración, su influencia en el hombre y la receptividad con que Dios la acoge.

 

Venceremos el mal con la fuerza de la oración y con la práctica de la virtud; virtud entendida no como una simple idea humana o filosófica, sino entendida de una manera más sublime, que eleva lo humano y lo acerca a Dios, algo que solo la fuerza del amor de Dios puede donar.

MARÍA, GUÍA DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Seguir a Jesús es caminar por la senda de la justicia, es garantía para sentir Su amor en nuestro corazón, es tener la certeza de que todo mejorará. Nuestra madre del Cielo, María del Táchira, nos sigue llevando de la mano para perseverar cada día y dar testimonio de la justicia de Dios en espíritu y verdad como discípulos y misioneros. Así sea.

 

José Lucio León Duque

Sacerdote de la Diócesis de San Cristóbal

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