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San Juan Pablo II señala que en El Cantar de los Cantares podemos hallar, entre la belleza que allí se desborda, la profunda riqueza del lenguaje del cuerpo de los esposos amantes. En sus líneas gritan los cuerpos que se entregan al amor, constituyéndose en signo visible de la participación del hombre y la mujer en la Alianza de gracia y amor que Dios ofrece al hombre. Las palabras de los esposos, afirma el papa, sus movimientos, sus gestos, corresponden a la moción interior de sus corazones. Palabras que se abandonan en un beso largo cuyo origen ha sido el anhelo, el ansia, la sed y el hambre, haciendo del cuerpo un solo órgano que siente la plenitud del gozo y la fugacidad del mango en las que abrimos los ojos dormidos, cerramos los ojos despiertos, amanecemos afuera y adentro, en nosotros.

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Las luces y oscuridades del jardín, sus perfumes, sus aromas, reflejo del verbo que nos llama a la unidad amorosa, transforma a los esposos en gotas de agua que caen con dulzura en una gota mayor, un océano que no tiene comienzo, no tiene fin. Océano que es noche larga y los esposos, noches de la noche que se buscan entre sus luces, reflejos de una luz mucho mayor, mucho más profunda, mucho más brillante. La buscan en medio de ellos, dentro de ellos, y van más y más adentro, donde solamente una vela brilla y los vuelve candelabros, luces del cielo en sus cuerpos terrenales.

El esposo se abandona a los giros de la caricia que, volcada desde el cielo, se lanza al descubrimiento de su esposa “paraíso de granados con frutos exquisitos, nardo y azafrán, clavo de olor y canela, con árboles de incienso, mirra y áloe, con los mejores ungüentos. ¡Fuente de los jardines, manantial de aguas vivas que fluyen del Líbano! Despierta, viento del norte; acércate, viento del sur; soplen sobre mi jardín, que exhale sus perfumes” (4,14-16) La esposa se abre como ojo asombrado para que su esposo entre en su jardín a comer de sus frutos exquisitos, y mientras los come, cierra los ojos para preguntarse con Rilke sobre los cielos que allí, dentro de ella, se reflejan en su lago interior en medio de tantas rosas abiertas.

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Jardín, cuerpo de la amada en el Cantar de los Cantares que lleva de la mano a otro jardín, quizás el mismo, pues el cuerpo de la esposa, a partir del beso que no acaba, se transforma en un jardín dentro de otro jardín. Un jardín solicitado por Tobías en su bello relato bíblico cuando afirma que Dios creó a Adán e hizo a Eva, su mujer, “para que le sirviera de ayuda y de apoyo, y de ellos dos nació el género humano. Tú mismo dijiste: «No conviene que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda semejante a él» Yo ahora tomo por esposa a esta hermana mía, no para satisfacer una pasión desordenada, sino para constituir un verdadero matrimonio” (Tb 8,6-7). Solo entonces el esposo entra al jardín a observar la noche y a escuchar con la cabeza baja el murmullo de la oscuridad que lo llama desde el comienzo de los tiempos, cuando Dios, en un arrebato de amor, tejió el nombre de él en cada esquina del vientre de ella. Paz y bien.

Valmore Muñoz

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