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Frente a una sociedad líquida una pastoral del vínculo cordial

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La pastoral urbana está llena de luces y sombras. Esto se convierte en un desafío pastoral que plantea un discernimiento nuevo por parte de los pastores y agentes pastorales de las CEB y los grupos de apostolado. El documento de Puebla (1979) nos indica que ese discernimiento debe inspirarse en la visión de la Sagrada Escritura, ya que por una parte comprueba positivamente la tendencia de los hombres a la creación de ciudades para convivir de un modo más asociado y humano, pero a su vez presenta la dimensión inhumana y de pecado que se origina en ellas (Cfr. Puebla 429).

La teología bíblica de la ciudad en los últimos años ha avanzado en los estudios de los textos. Más allá de las figuras históricas y simbólicas de las ciudades bíblicas (Jerusalén, Roma, Corinto), Según Carlos María Galli, las Sagradas Escrituras presentan dos dimensiones que se entrecruzan en la historia de la libertad de los pueblos.

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En primer lugar, la ciudad es el ámbito donde el hombre realiza su vocación a la convivencia con los otros y con Dios que viene al encuentro (Jerusalén). En segundo lugar, la ciudad es el lugar del pecado y la muerte, donde se expresa la soberbia y la injusticia. Aquí el hombre se aparta de Dios y se enfrenta a los demás, hiriendo su dignidad y destruyendo la creación (Babel, Nínive).

En este sentido, el discernimiento evangélico llama a distinguir el trigo de la cizaña que crecen en la historia humana (Cfr. Mt, 13, 30). Hay que discernir entre los signos de la vida y de la muerte, entre la amenaza y la oportunidad, entre la debilidad y la fortaleza.

En la ciudad se debe aprovechar las comunicaciones urbanas para promover nuevos lazos de encuentro e integración. En algunos lugares se observa la incomunicación y aislamiento en los ámbitos de trabajo, como los vecinos de un edificio o una urbanización no se miran, ni se dirigen la palabra.

La evangelización de la ciudad debe basarse en un “humanismo comunional” desde la fe en Jesucristo y en la Trinidad, frente a la crisis de vínculos familiares y sociales que lleva a la fragilidad de un amor líquido, incapaz de mantener lazos estables y compromisos duraderos.

La pastoral familiar tiene un gran trabajo en este campo. Ella debe crear la pastoral de los vínculos. Es un estilo comunicacional de evangelización donde se practica la cordialidad, el buen trato, la palabra oportuna y la escucha. Un vínculo pastoral cordial.  Esta pastoral debe promover valores que ayuden a recrear la libertad, guiados por la verdad, la bondad y la belleza, la convivencia entre los hermanos.

La pastoral urbana no debe buscar llenar templos, sino ponerlos en comunión al servicio de la reconstrucción de mejores familias y por ende de una mejor sociedad, es decir, reconstruir el tejido social. San Pablo VI decía en OA nº 12: “Reconstruir a escala de calle, de barrio o de gran conjunto, el tejido dentro del cual el hombre pueda dar satisfacción a las justas exigencias de su personalidad”.  

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Dios nos llama a construir el “nosotros” de la comunión solidaria en la ciudad. La Iglesia debe ser servidora para acercar e integrar a los hombres que son distintos y están distantes unos de otros, logrando la amistad social de la que nos habla Francisco en Fratelli Tutti.

El amor y la solidaridad son virtudes sociales necesarias para construir el bien común. El individualismo produce heridas a diferencia de la cultura de amistad que genera inclusión, para hacer de la ciudad una casa común y evitar que se convierta en un campo de batalla.

Los vínculos familiares de paternidad, filiación y fraternidad que nacen de la experiencia Trinitaria, nos deben animar a ser portadores de una conciencia que ayude a crear estos vínculos entre los hermanos. Ver el “otro” como un “sí mismo”, para vivir la regla del evangelio. Ese ver, lleva a mirar el rostro, a manifestar, a hablar, a donarse… es la aproximación que necesita la vida en la ciudad.

Jhonny Zambrano 

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