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¡Ha resucitado el Señor!

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Un grito de victoria resuena a través de los siglos: «¡Ha resucitado el Señor!» Este anuncio gozoso de la victoria pascual, lejos de ser un simple recuerdo histórico, constituye el fundamento mismo de nuestra fe y de nuestra esperanza, la piedra angular sobre la que se edifica la Iglesia y la promesa de nuestra propia resurrección: La rResurrección de Jesucristo. Celebramos la derrota definitiva del pecado y de la muerte, y la apertura de un camino hacia la vida eterna.

Las Sagradas Escrituras son el testimonio principal de este acontecimiento. Los Evangelios narran con detalles vívidos el descubrimiento del sepulcro vacío y los encuentros de los discípulos con el Señor resucitado. 

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Mateo describe el terremoto y el ángel que aparta la piedra, anunciando a las mujeres (Cfr. Mt 28, 1-6); Marcos enfatiza la sorpresa y el temor de las mujeres ante el anuncio del joven vestido de blanco (Cfr. Mc 16, 5-6); Lucas relata la incredulidad inicial de los apóstoles ante el testimonio de las mujeres, hasta que el mismo Jesús se les aparece, mostrándoles sus manos y sus pies (Cfr. Lc 24, 8-11. 36-40), y Juan profundiza en el encuentro de María Magdalena con el Resucitado, quien la envía a anunciar a sus hermanos (Cfr. Jn 20, 18).

En esta sintonía, San Pablo, comprendió la centralidad de la Resurrección para la fe cristiana. En su primera carta a los Corintios, encontramos la célebre expresión de que, si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe (Cfr. 1Co 15, 14). Posteriormente, el Magisterio de la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha custodiado y profundizado en la comprensión de este misterio central de la fe. 

El Catecismo de la Iglesia cCatólica afirma con claridad: «La rResurrección de Cristo es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida como verdad central por la primera comunidad cristiana, transmitida como fundamental por la tTradición, establecida por los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del mMisterio pPascual al mismo tiempo que la cCruz» (CEC, 638).   

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Los frutos de la rResurrección se extienden a toda la humanidad. Al vencer la muerte, Cristo nos abrió las puertas a la vida eterna. Su rResurrección es prenda de nuestra propia resurrección. Como afirma el Concilio Vaticano II en la constitución Gaudium et Spes: «eEl misterio del hombre sólo se esclarece verdaderamente en el misterio del vVerbo encarnado… Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del pPadre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (GS, 22). La rResurrección nos revela la dignidad última del ser humano, llamado a participar de la vida divina.   

El anuncio «¡Ha resucitado el Señor!» es el corazón palpitante de nuestra fe. Es la proclamación de la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la esperanza sobre la desesperación. 

Fundamentado en el testimonio de las Escrituras y la constante enseñanza del Magisterio, este grito pascual sigue resonando hoy, invitándonos a experimentar la alegría transformadora del encuentro con Cristo Resucitado.

Carlos A. Peña G. Seminarista

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