Me dirijo a ustedes con el alma encendida por el deseo de suscitar, en cada una de nuestras comunidades, ese “asombro eucarístico” del que tanto nos habló el recordado San Juan Pablo II. Al contemplar el rostro de Cristo, y hacerlo con María nuestra Madre de la Consolación, entramos en el verdadero «programa» de la Iglesia. No es una estrategia humana, sino una invitación a remar mar adentro en las aguas de nuestra historia con el entusiasmo de la nueva evangelización.
La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. Como los discípulos de Emaús, nosotros también necesitamos que se nos abran los ojos para reconocerle. La Eucaristía es un “misterio de luz” cada vez que la celebramos, la oscuridad del desánimo o de la dificultad retrocede ante la presencia real de Aquél que prometió estar con nosotros hasta el fin del mundo.
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Cuando pienso en este misterio, mi corazón de Obispo se llena de gratitud al recordar que la Santa Misa no es un evento local aislado. ¡Es un acontecimiento cósmico! Como bien se nos ha enseñado, incluso cuando celebramos en el pequeño altar de una iglesia en nuestros páramos, o en una humilde capilla de frontera, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra, impregna toda la creación y reconduce todo lo creado a las manos del Padre. Es el universo entero el que es redimido por la sangre de Cristo a través del ministerio sacerdotal.
Este Sacramento es lo más precioso que tenemos. Por eso, la Iglesia ha prestado siempre una atención esmerada a su doctrina. Desde los decretos del Concilio de Trento hasta las enseñanzas de los Papas modernos como León XIII, Pío XII y Pablo VI, el Magisterio ha sido una brújula para que no perdamos el norte del amor eucarístico. El Concilio Vaticano II nos recordó que la Eucaristía es la “fuente y cima” de nuestra vida.
Personalmente, al igual que el Sucesor de Pedro, vivo mi ministerio bajo este signo de gratitud. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación. El sacerdocio y la Eucaristía son un «Don y Misterio» que recibimos para el servicio de ustedes, el Pueblo de Dios.
Sin embargo, hermanos, mi deber como su Pastor me obliga a hablarles también con transparencia. En nuestro caminar diocesano vemos muchas luces: comunidades que adoran al Santísimo con fervor, procesiones del Corpus Christi que llenan nuestras calles de fe, y una participación activa en el Santo Sacrificio. Estas son fuentes inagotables de santidad para el Táchira.
Pero, desgraciadamente, también hay sombras. Me duele observar, en ocasiones, un abandono del culto de adoración o una comprensión muy limitada del Misterio. No podemos permitir que la Eucaristía sea reducida a un simple «encuentro de amigos» o una comida fraterna sin más. Si la privamos de su valor sacrificial, le quitamos su fuerza redentora.
Tampoco podemos oscurecer la necesidad del sacerdocio ministerial. El sacerdote no es solo un «animador», es quien, por la sucesión apostólica, pone su voz y su ser para que el sacrificio de la cruz se haga presente aquí y ahora. La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades. No podemos transigir con prácticas que contradigan nuestra fe católica en nombre de un ecumenismo mal entendido o de una falsa modernidad.
Les exhorto a que hagamos de la eucaristía una experiencia renovada. Que, al acercarnos al altar, lo hagamos con el mismo asombro que tuvieron los apóstoles, aunque no comprendieran todo al principio. Que la presencia de Jesús en el sagrario sea el imán que atraiga nuestras oraciones diarias.
Que nuestra Diócesis de San Cristóbal sea reconocida no solo por su piedad, sino por la profundidad de su fe eucarística. Que este «pan vivo» nos alimente para ser misioneros de la esperanza en medio de un mundo sediento de Dios.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


