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martes, agosto 11, 2026
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Jesucristo es el logos

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Ferrater Mora define al logos como “palabra, expresión, pensa­miento, concepto, discurso, habla, verbo, razón, inteligencia”, etc. A esta multitud de significaciones se han agregado otras, o derivadas de ellas, o combinando algunas de ellas”. Por su parte, el filósofo Leopoldo Zea lo resalta como capacidad para comprender y hacerse comprender; por ello es también palabra que permite expresarse y, al expresarse, hacerse entender, comprender.

El logos, entonces, vendrá a ser la fuente del pensamiento y la acción humana. El logos moderno establecido por Descartes, afirma que el hombre es una “cosa” que piensa, que duda, que conoce, que afirma, que niega, que quiere, que rechaza, que imagina y que siente. Todo eso, menos, un ser que ama. La Modernidad dejó por fuera de las acciones primarias del pensamiento al amor. Quizás por ello, le resulte al pensamiento moderno tan inquietante y peligroso el amor.

Logos 

La Modernidad de la que bebe nuestra cotidianidad histórica responde a un proceso civilizatorio impuesto a través de la propia cultura. Si hacemos caso de Gramsci, entonces tenemos que acordar que la realidad humana se encuentra arraigada orgánica y dialécticamente en el mundo y en la cultura, aunque el dinamismo del espíritu los trascienda. El logos que la Modernidad ha impuesto está encapsulado en un antropocentrismo, es decir, como señala el Papa Francisco, el ser humano ya no reconoce su posición justa respecto al mundo, asumiendo una postura centrada únicamente en sí mismo y en su poder.

Lea también: Discípulos misioneros en la acción política

La Modernidad no puede alcanzar sus objetivos porque no aprendió a salir y mirar más allá. El logos que la alimentó fue creado por su propia soberbia y su ceguera. Dejó de mirar al cielo para concentrarse en la tierra, en su propio caminar, sin horizonte. Si no hay horizonte, no hay verdad, y si no hay verdad, entonces no hay libertad. Sin libertad el hombre no puede hallar su plenitud por mucho conocimiento e información que crea tener. He aquí el ruido que no permite escuchar. He aquí la voz que ha conducido al hombre a faltar contra la razón, la verdad, la conciencia recta, es decir, al pecado que significa “faltar al amor verdadero, para con Dios y para con el prójimo”, como lo afirma el Catecismo.

Jesucristo

El apóstol Juan utiliza el término “palabra” (logos en griego) para afirmar que Jesús es la “palabra de Dios”, es decir, el logos de Dios. Orígenes da cuenta de que el logos recibe todo del Padre. No solo recibe todo del Padre, sino que, además, nunca ha estado separado de Él. Precisamente por ello, no solo es el logos de Dios, sino que es Camino, Verdad y Vida para el hombre. Cristo es, entonces, vivo de toda la realidad. Lo cual sustenta que “en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col 2,9) Esta es, y no otra, la verdadera vocación humana.

El giro antropológico del cual viene hablando el Papa Francisco tiene a Jesucristo como centro. Se trata de un cristocentrismo que lo hace todo nuevo de nuevo. Una realidad que sostiene su sentido existencial en Cristo, vencedor de la muerte. Una realidad contagiada por el amor de un hombre que es “esa luz que ilumina a todos los que vienen a este mundo” (Jn 1,9). Una civilización que nazca producto de una reorientación de la racionalidad hacia la luz que es Cristo, será una civilización fecunda y plena, orientada hacia la grandeza que le ha sido prometida: será la civilización del amor con la cual ha soñado la Iglesia. Paz y bien.

 Valmore Muñoz Arteaga

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