Jesucristo ha resucitado y lo ha hecho apareciendo como hombre, caminando junto a sus discípulos, permitiendo que toquen sus heridas y comiendo pescado asado; es decir, ha resucitado demostrando verdadera corporeidad. Sin embargo, ninguno logra reconocerlo a primera vista. No lo reconoce María Magdalena, ni Pedro ni Juan en el lago Tiberíades, ni Cleofás y el otro discípulo que caminaban hacia Emaús. No lo reconocen a las primeras de cambio, es verdad, pero luego de un gesto de servicio de Cristo, estos logran reconocerlo.
Jesucristo ha resucitado y su resurrección nos permite ahondar, no solo en el sentido profundo de lo que esto significa, sino también en el valor que se encuentra impreso en el corazón de todos los hombres, de cada uno de manera íntima y personal. La potencia de la resurrección del Señor llena de un nuevo valor toda la existencia y todo lo existente, ya que este nuevo gesto de su amor incondicional lo ha purificado todo y a todos.
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Por esta razón, no hay razón válida ni sensata para la constitución de clases sociales, religiosas, políticas; todos somos hermanos y todos estamos llamados a la salvación. Para Dios no hay acepción de personas, pues Cristo vino por todos. Cristo vino por cada uno de nosotros. Murió por cada uno de nosotros. Venció a la muerte por cada uno de nosotros.
Jesucristo resucitado vive en la Iglesia, vive en su Iglesia. San Oscar Romero explica que la historia de la resurrección que celebramos cada domingo y que consideramos especialmente por estos días es el testimonio fundamental, esencial, de una Iglesia apostólica. “La resurrección de Cristo es el título que la Iglesia muestra al público para justificar su pretensión de ser ella un instrumento de la salvación del mundo”, señaló.
¿Por qué? Porque Cristo resucitado sopla en la Iglesia naciente su espíritu. “Y soplando, como el soplo del Génesis cuando a aquel ser de barro Dios sopla el espíritu de vida, Cristo, que es Dios, insufla toda su misión de redención al mundo en este organismo que Él ha creado”. Cristo vive y no solo lo hace en su cielo, sino en su comunidad de creyentes en la tierra.
La resurrección de Cristo, de la cual da testimonio constante su Iglesia, es la que obliga a los creyentes a una transformación, a un cambio antropológico, a volver de la muerte con la cual pretendemos vivir la vida. Nosotros, junto a la Iglesia, madre y maestra, estamos llamados a decirle y pedirle a los hombres que no busquen paraísos en este mundo, en esta tierra. Juntos busquemos en el corazón de Cristo resucitado, desahoguemos en Él nuestras penas, nuestras preocupaciones, nuestras angustias, y en Él pongamos nuestras esperanzas. El ungido con el Espíritu de Dios tiene en su aspecto humano y glorioso la respuesta para todos los hombres. La resurrección nos llama con urgencia a transformarnos cada uno de nosotros en comunidad de vida, comunidad de amor.
Para los cristianos de los primeros tiempos, la realidad fundamental de la Iglesia es ser comunión, ya que ella, más que una infraestructura de piedras sobre piedras, es un espacio dentro del cual brota un corazón compartido por la fe. Por ello, San Gregorio de Nisa afirma que quien tire del eslabón que está en el extremo de una cadena [Cristo], “por medio de este único eslabón arrastra a todos los que están unidos entre sí ininterrumpidamente”.
La antropología cristiana tejió la concepción de persona como categoría relacional a la luz del Evangelio, experiencia que se nos revela por medio de la intensidad del amor capacitado para entrar en sintonía con el Otro que responderá en la misma frecuencia amorosa. Esa frecuencia amorosa viene de la sagrada fuente trinitaria y, donde estén los tres, dirá Tertuliano, allí está la Iglesia, que es el cuerpo de los tres. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz


