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Juana del Arco: «Los hombres pelean; sólo Dios concede la victoria»

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La historia de Juana de Arco se enmarca en 1412 en el mes de enero, pese a que es una fecha presente en los libros historia aún no se ha determinado la fidelidad del dato, sin embargo, es bajo esta incógnita que se comienza a dilucidar una vida de entrega y misticismo determinado por la devoción a Dios.

Juana de Arco forma parte de una familia de cinco hermanos (3 varones y 2 hembras) que nacieron de la unión de Isabelle Romée y Jacques d’Arcn. Sus dotes extraordinarios se manifestaron a la edad de 13 años cuando en medio de su inocencia comenzó a experimentar lo que dedujo como un llamado de Dios.

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Los llamados continuaron y tiempo después aseguró haber visto a San Miguel y a las primeras mártires Santa Catalina de Alejandría y Santa Margarita. Éstas últimas serían su compañía en el transcurso de una cruzada despiadada que se fecundó en la Guerra de los Cien Años donde luchó por el restablecimiento del orden y el nombramiento a rey del delfín (rey de Francia Carlos VII).

La lucha divina de Juan de Arco traspasó lo terrenal y fue así que en una naciente fe se encomendó a salvar a Francia en una lucha divina que fue apoyada con vehemencia para dejar su huella, la victoria a los ingleses en Patay al tiempo que liberaba Orleans marcó el hito histórico que la inmortalizó.

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La fe inconmensurable de Juana de Arco le sumó nuevas metas que no fueron apoyadas en su totalidad y fue así que en 1430 sin apoyo alguno emprendió una campaña contra el ejército inglés en Compiègne, que fue infructuosa y terminó con su captura y posterior venta por 10 mil libras para que se presentará ante un tribunal que en primera instancia exigía la pena de muerte.

Los cargos se desprendían de ser hereje y practicar la brujería. Sumado a ello se le acuñaban acciones poco morales al vestirse como un hombre. 14 meses de interrogatorios donde Juana de Arco esgrimía que debía responderle a Dios y no a la Iglesia la condenaron a un final desfavorable, sin embargo, en el medio de las deliberaciones internas decidió arrepentirse y fue sentenciada a cadena perpetua.

La sumisión duró muy poco y luego algunos meses retomo como manera de protesta vestirse con ropas de hombres, situación que fue considerada por un tribunal secular como una afrenta que determinó como castigo enviarla a la hoguera el 30 de mayo de 1431 a la edad de 19 años.

Canonización

A veinticinco años de su ejecución el caso fue revisado por la iglesia y se determinó su inocencia.

En 1920 el papa Benedicto XV la canonizó en La Basílica de San Pedro, la ceremonia contó con más de 60 mil feligreses que comulgaban con su causa.

Carlos Ramírez 

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