La naturaleza misma de la Iglesia es el encuentro. Desde sus orígenes, la vida eclesial se ha manifestado como una convocatoria (ekklesia), una comunidad de personas que se reúnen para compartir el evangelio y dejar que este transforme sus existencias.
Esta dinámica no es opcional; la vida sacramental nos exige una presencia física, un encuentro personal y activo donde la gracia de Dios se hace tangible en el pan, el vino, el agua y el abrazo fraterno. Sin embargo, en pleno siglo XXI, nos enfrentamos a un desafío apasionante: ¿cómo se traslada esta cultura del encuentro al vasto continente digital?
Ambiente digital
Para muchos, especialmente para las generaciones más jóvenes, el internet no es una herramienta que se usa, sino un ambiente en el que se vive. Es su plaza pública, su lugar de interacción y búsqueda de sentido. Por ello, la presencia de la Iglesia en la red no solo es útil, sino indispensable. No se trata de “estar por estar”, sino de habitar la red con un estilo genuinamente evangélico.
Nuestra misión en el ciberespacio es despertar las preguntas irreprimibles del corazón humano sobre el sentido de la vida e indicar el camino que conduce a Jesucristo, la misericordia divina hecha carne.
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El internet tiene la capacidad de eliminar distancias espaciales y permitirnos “captar” lo que está lejos, estableciendo un contacto directo con periferias que antes parecían inalcanzables. En este sentido, la tecnología no agota las interacciones humanas, sino que tiene el potencial de enriquecerlas.
Realidad virtual vs. realidad sacramental
Es fundamental mantener la claridad teológica que el Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales ya advertía en 2002: la realidad virtual no sustituye la presencia real de Cristo en la Eucaristía. La fe se fortalece en la vivencia comunitaria “de carne y hueso”.
Debemos ser enfáticos; en la vida digital no existen los sacramentos. Las experiencias religiosas que allí ocurren, aunque válidas por la gracia de Dios, son insuficientes si permanecen aisladas del mundo real y de la interacción directa con la comunidad de fe.
El reto de nuestra programación pastoral en la Diócesis de San Cristóbal y Venezuela hoy consiste en diseñar puentes: ¿cómo llevar a las personas desde el ciberespacio hasta una auténtica comunidad parroquial? El internet debe ser el inicio del camino, una herramienta de enseñanza y catequesis que apoye y enriquezca el compromiso cristiano, pero el destino final siempre debe ser el encuentro personal con el Señor en el altar y en el prójimo, reunida en cada comunidad parroquial.
Solidaridad
Como nos recordaba el papa Francisco en la XLVIII Jornada mundial de las comunicaciones sociales del 2014, vivimos en un mundo que se hace cada vez más “pequeño”. El desarrollo tecnológico nos acerca y la globalización nos hace interdependientes. En este contexto, los medios de comunicación son un don de Dios que puede ayudarnos a sentirnos más cercanos los unos de los otros, impulsándonos a un renovado sentido de unidad de la familia humana.
La comunicación auténtica ayuda a derribar los muros que nos dividen, pero esto solo ocurre si estamos dispuestos a escuchar y aprender de los demás. La cultura del encuentro en la red requiere una reciprocidad: estar dispuestos no solo a dar (publicar, transmitir, enseñar), sino también a recibir.
El diálogo digital debe ser un espacio para crecer en comprensión y respeto, permitiendo que la solidaridad se convierta en un compromiso serio por una vida más digna para todos.
Conclusión
La invitación desde la Vicaría Episcopal de Comunicación es dar testimonio en el nuevo espacio: Las tecnologías digitales han creado un nuevo espacio de experiencia, tal como lo hicieron las grandes revoluciones tecnológicas del pasado. La Iglesia, fiel al espíritu del Concilio Vaticano II, está llamada a confrontarse con este espacio y llevar allí su labor de testimonio.
Internet es, en definitiva, un lugar de encuentro donde podemos “captar” lo distante y hacerlo cercano. No es un error habitar la red; el error sería no ser luz en ella. Al final del día, la eficacia de nuestra presencia digital se medirá por nuestra capacidad de generar vínculos reales que desemboquen en una fe vivida, una fe que no se queda en la pantalla, sino que sale a la calle para transformar el mundo.
Pbro. Jhonny A. Zambrano


