El poema de Walt Whitman, “¡Oh yo! ¡Oh vida!”, da inicio como una especie de queja que encaja en cualquier siglo. Eco desgarrado de quien se siente perdido entre “ciudades llenas de necios» y «años vacíos”. Sin embargo, la genialidad del poeta no reside en el lamento, sino en la respuesta final: la vida existe, la identidad persiste, y la “obra poderosa” continúa, esperando que nosotros aportemos nuestro propio verso. En el siglo XX, una mujer llamada María Félix Torres escuchó esa misma pregunta recurrente y, en lugar de sucumbir al escepticismo de su tiempo, decidió escribir un verso que hoy sigue recitándose en colegios y comunidades.
María Félix Torres nació en 1907, en una España que pronto se vería desgarrada por la guerra y la división. Ella misma, una mujer de lúcida y vivaz inteligencia en una época donde el intelecto femenino era a menudo relegado a “objetos insignificantes”, pudo haber sentido ese reproche de los años inútiles. Sin embargo, su respuesta ante las “multitudes pesadas y sórdidas” no fue el aislamiento, sino la educación. Ella entendió que el verso que el mundo necesitaba era el de una juventud formada, libre y profundamente consciente de su propia identidad.
Para el poeta, la vida es una obra de teatro en constante ejecución, mientras que, para la Madre Félix, esa obra era el Reino de Dios manifestado en la cultura y en la dignidad de la mujer. A pesar de que muchos a su alrededor se conformaban con “pobres resultados”, ella aspiraba a la excelencia, el magis ignaciano. Si la vida es un regalo y una identidad, esa identidad debe pulirse hasta alcanzar su máxima capacidad.
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Ella no veía a sus estudiantes como parte de una «multitud pesada», sino como individuos capaces de contribuir con un verso único al gran poema de la creación. Su enfoque en la formación para la mujer fue, en su momento, una respuesta audaz a la pregunta: « ¿Qué hay de bueno en medio de todo esto?» Lo bueno, según su obra, era la capacidad de transformar la sociedad desde la Verdad y el Amor.
El poema de Whitman culmina con una invitación a la acción. La Madre Félix aceptó la invitación de manera radical: Dios sobre todo. Su verso fue una congregación, una pedagogía del acompañamiento y una vida entregada a la voluntad de Dios. No fue una lucha renovada en vano, sino una siembra que floreció en la educación de miles de mujeres que, a su vez, aprendieron que no eran “necios” en una ciudad vacía, sino protagonistas de su propia historia. La vida de la Madre Félix es la prueba de que la respuesta de Whitman es cierta.
En medio de los trenes de infieles y el ruido del mundo, la obra poderosa de la humanidad y de la gracia sigue adelante. Ella no solo contribuyó con un verso; escribió una estrofa entera de esperanza, recordándonos que nuestra identidad no es un accidente, sino una oportunidad para que el drama de la vida sea un poco más luminoso, más sabio y más divino.
“Que estás aquí, que existe la vida y la identidad”, escribe Whitman. Para la Madre Félix, el hecho de «estar aquí» no es una casualidad biológica ni un azar del destino, sino un acto de amor personal de Dios. Ella decía: “Soy suya plena y conscientemente para siempre”, pues la identidad no es algo que uno inventa, sino algo que uno descubre al verse en el espejo de Cristo.
Existir es haber sido llamado por nuestro nombre por el Creador. Nuestra identidad más profunda es la de ser hijos de Dios, y ese es el fundamento que nos sostiene frente a los «años vacíos». Su lema, “Dios sobre todo”, es la convicción de que su obra es más grande que nuestras pequeñas miserias y que, al final, la bondad y la verdad prevalecerán. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz Arteaga


