“El camino de reparación al que la Iglesia está llamada no puede reducirse a una serie de cumplimientos formales. Exige, por el contrario, una verdadera conversión en la justicia: personal, pastoral e institucional”. Con estas palabras, el Papa León XIV se dirige a los participantes en el V Congreso Latinoamericano del Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la Protección del Menor (CEPROME Latinoamérica), que tiene lugar del 3 al 5 de marzo en San José de Costa Rica.
Bajo el lema “Reparar el daño: entre la fe que sostiene, el cuidado que acompaña y la justicia que restaura”, el encuentro reúne a especialistas, autoridades eclesiales, académicos y profesionales de América Latina, Estados Unidos y Europa. Todos comparten un mismo objetivo: fortalecer la cultura del cuidado, prevenir los abusos y garantizar la protección integral de menores y personas vulnerables en la Iglesia católica.
Un compromiso que interpela a toda la Iglesia
En su mensaje, fechado el 6 de enero, el Pontífice saluda el camino emprendido, “que toca una de las heridas más profundas y dolorosas del Cuerpo de Cristo”. Este itinerario, afirma, es “un signo auténtico de renovación” y un compromiso concreto con las víctimas y con la propia Iglesia.
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“No se trata de un ámbito especializado, reservado a unos pocos expertos, sino de una dimensión esencial de la misión evangelizadora de la Iglesia, que interpela la conciencia de cada pastor y de cada comunidad eclesial.”
El Papa agradece especialmente a la Conferencia Episcopal de Costa Rica, presente con representantes de sus distintas diócesis, por su testimonio de comunión, corresponsabilidad y cercanía pastoral.
Conversión, no formalismos
León XIV insiste en que la reparación no puede limitarse a normas y protocolos. Requiere una conversión profunda. En este proceso, los responsables de las Iglesias locales tienen una “responsabilidad particular e indelegable”: no solo deben garantizar procedimientos adecuados, sino asumir personalmente una cultura del cuidado capaz de prevenir abusos, escuchar a las víctimas y dar testimonio de la ternura de Cristo, “transformando las heridas en rendijas de esperanza”.
Las lecciones aprendidas en los últimos años, acota el Santo Padre, demuestran que cuando obispos y superiores mayores integran este compromiso en su ministerio, la Iglesia se vuelve “más creíble, más humana y más evangélica”.
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