Ewelina Hanska, escritora polaca y esposa de Honore de Balzac, le escribió al maestro francés en una carta, fechada en 1832, que “una verdad eterna me mueve, puedo notarlo; me inflama, solo usted puede comprenderla y describir esos latidos de amor puros, sagrados, que me hacen amar para vivir y vivir para amar, que, con un entusiasmo sereno y resignado, me hacen vislumbrar un porvenir que me parece intuir será de felicidad y alegría para el hombre si logra atrapar esa chispa eléctrica que se me figura la verdad eterna y que, unida a la naturaleza, al amor y a la verdad, debe revelar al hombre la armonía de su existencia y decirle: ¡eso es lo que eres, eso es lo que debes ser!”.
Esa verdad a la que se refiere también la sintió profundamente Walt Whitman: “Hay algo en mí no sé lo que es pero sé que está en mí […] No sé qué es esto es algo sin nombre una palabra nunca dicha; No está en ningún diccionario, ninguna expresión, ningún símbolo”.
Esa verdad, ese algo que siente el ser humano arder muy en lo más profundo de sí mismo, casi secretamente, apenas perceptible intuitivamente, termina siendo el sostén de nuestra existencia. Hilo transparente que nos vincula con el misterio que nos supera. Misterio que insistentemente aflora para reorientar nuestra vida sensitiva.
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Perfume irresistible que nos envuelve en una atmósfera sagrada que permea la expresividad del mundo. Esa verdad, ese algo, cuando cobramos conciencia de su presencia, nos permite reconocer en la belleza su novedad permanente. Novedad que nos dilata hasta el vértigo. Novedad que también intuyó Armando Rojas Guardia cuando reconoce que tiene que haber alguna geometría por debajo, ciertas armonías siempre vírgenes situadas más allá de acordes insólitos.
Esa verdad, ese algo, es el susurro fresco del Reino de Dios que nos habita, que respira imbatible en nuestro corazón, pero que las cadenas que nos sujetan para no contradecir al mundo, no nos permite ver. Nos distrae de su aroma, de su presencia. Lo advertía el Papa Francisco: «es humilde, está escondido y así crece. Pienso que cuando la gente miraba a la Virgen, allí, que seguía a Jesús: Aquella es la mamá, ah… La mujer más santa, pero a escondidas, nadie conocía el misterio del Reino de Dios, la santidad del Reino de Dios. Y cuando estaba cerca de la cruz del hijo, la gente decía: ‘Pobre mujer con este hijo criminal, pobre mujer’… Nada ni nadie sabía».
Jesucristo ya lo anunció en su momento: “el Reino de Dios no va a venir en forma visible. La gente no dirá: Está aquí o Está allí. En realidad, Dios ya reina entre ustedes” (Lc 17, 20˗21). Reina entre nosotros. Reine sin reinar en nosotros. No puede reinar si no reconocemos al Rey que reina.
¿Cómo reconocer al verdadero Rey del reino? Dándole en nuestro corazón el lugar que merece, el lugar que ha tenido desde el principio, pero lo hemos ido desplazando por otros reyezuelos que solo han espesado nuestra paz, nuestra felicidad, ya que al alejarnos de su vientecillo fresco, realmente nos alejamos de nosotros mismo, nos perdemos en una vorágine de voces que no paran de hacer ruido y de señalar el camino que conduce al abismo.
“Hay por debajo del mundo visible y ruidoso en que nos agitamos, por debajo del mundo de que se habla, otro mundo visible y silencioso en que reposamos, otro mundo de que no se habla”, esto lo escribe Miguel de Unamuno en un bello ensayo llamado El secreto de la vida. En ese misterio se fragua la verdadera libertad del hombre. Libertad que es resultado del tejido del amor, la verdad y la justicia. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz


