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Monseñor Luis Alfonso Márquez: una vida dada al servicio de la fe

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“Monseñor Nelson Arellano me quería mucho. La noticia de mi ordenación episcopal fue publicada el 18 de octubre de 2001. La Nunciatura envió la nota al Diario Católico y Monseñor vino de una vez a felicitar a mi hermano, a avisarle. La ceremonia fue el 12 de enero de 2002, en la Catedral de Mérida”.

Así recuerda Monseñor Luis Alfonso Márquez Molina, obispo emérito de la Arquidiócesis de Mérida, a Monseñor Nelson Arellano Roa, décimo director de Diario Católico. Recientemente Monseñor Márquez cumplió 62 años de vida sacerdotal, que iniciaron el 29 de junio de 1962, en la Basílica Espíritu Santo de La Grita, cuando recibió las sagradas órdenes por imposición de manos de Monseñor Miguel Antonio Salas, entonces obispo de Calabozo.

Monseñor Márquez recuerda que fue el primer sacerdote ordenado por Monseñor Salas. Perteneciente a la Congregación de Jesús y María, conocidos tradicionalmente como Eudistas, a quienes se integró luego de estudiar un año en el Seminario Santo Tomás de Aquino, realizó sus estudios de filosofía y teología en Bogotá.

Formador

El obispo emérito narra que el mismo año de su ordenación comenzó a trabajar como formador en el Seminario Menor de Caracas y permaneció allí nueve años. Fue enviado luego como Rector al Seminario de Barquisimeto, donde permaneció durante tres años. Seguidamente viajó a Francia, donde cursó la maestría en Letras en la Universidad René Descartes, La Soborna. Esto fue entre 1974 y 1976.

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De esta experiencia, Monseñor tiene como anécdota el haberse presentado como Señor Márquez, por lo que pocos de sus compañeros sabían que era sacerdote. 

Entre los condiscípulos había uno, originario de Argelia, quien era ciego.  Mons. le ofreció acompañarlo todos los días hasta la estación del metro, para agilizar su traslado. Un día, el compañero le indica que regresa a su país, pues había culminado la escolaridad. “Entonces me dijo: “no se junte con abogados, ni con curas, porque son unos bandidos” (risas).

Cuando regresó a Venezuela le asignaron dirigir la parroquia San Juan Bautista en Maracaibo, donde estuvo hasta 1979. Ese año fue nombrado Rector del Seminario Menor de Caracas. Allí estuvo hasta el año 1986, cuando vino a San Cristóbal y se desempeñó como formador en el Seminario Santo Tomás de Aquino. Dictaba las cátedras de pedagogía, estadística y antropología cultural.

Posteriormente lo enviaron a Mérida como formador del seminario menor de San Buenaventura.  Tres años más tarde fue designado Rector del seminario mayor y menor. Allí estuvo hasta 1996 cuando le encomendaron la rectoría del seminario de Calabozo, en el estado Guárico hasta el año 2001.

Fueron 40 años del ministerio de Monseñor Márquez dedicados a la formación sacerdotal. Al preguntarle qué lo llevó a asumir esta labor, señaló que este es el perfil de formación de la congregación de Jesús y María.

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“Como eudista uno se formaba y se preparaba mentalmente para trabajar en los seminarios. Ahora no hay tanta preparación para los formadores. Es muy importante la parte espiritual, pues los estudios son importantes, pero si no hay una base espiritual, es muy difícil ser sacerdote. A mí me encantaba trabajar en los seminarios”.

Y continúa: “Aun cuando me nombraron rector de los seminarios, siempre pedía que me dieran por lo menos cinco horas semanales de clase en aula, para estar en contacto con los muchachos. Uno vivía en el seminario con ellos, les daba las clases, era el confesor de muchos y allí los aconsejaba” expresa Monseñor Márquez.

Episcopado

“Estando en la rectoría del seminario, llegó un sobre. Era una carta de la Nunciatura, de solo tres párrafos: le saludamos atentamente (…) Usted ha sido nombrado por S.S, Juan Pablo II, obispo titular de Torre Rotonda y obispo auxiliar de Mérida. Sírvase comunicarse con esta Nunciatura a la brevedad posible. Yo pensaba que era un error (risas)”.

Monseñor relata que en su episcopado se dedicó especialmente a las visitas pastorales y las atesora como una de las actividades que más disfrutaba, pues el contacto con la gente, la cercanía y la devoción de los fieles, eran fuente de inspiración.

“La presencia de uno tiene que ser apostólica, que la gente se sienta acogida, recibida, que se sienta importante, tomada en cuenta. Para mí lo más bonito fueron las visitas pastorales. Yo conocí Mérida hasta los últimos huequitos, el único sitio que no pude visitar fue Los Azules, en el páramo de La Azulita, porque el día que tenía que ir ocurrió la vaguada en el Mocotíes”.

La jovialidad es una de las características que distinguen a Monseñor Márquez. “Yo digo que la misa es una fiesta, por eso hay que vivirla con alegría. Aún en las misas de difuntos, se va a dar gracias por la vida del difunto. La liturgia de difuntos es alegre “la vida de los que en ti creemos Señor, no termina, se transforma”, por eso es una fiesta”.

Al preguntarle sobre qué hacer para fortalecer la fe de los católicos, Monseñor Márquez expresó:

“Yo creo que el problema de nuestro cristianismo es que es un cristianismo ignorante, escasamente se tiene la formación de la primera comunión y no hay más cursos, ni nada, piensan que eso es solo para niños. También sucede porque como aquí todo el mundo se llama católico, no hay ocasión de defender su catolicismo. En Estados Unidos, como hay muchas sectas, cada uno tiene que dar razón de su fe y tiene que estudiarla. Aquí la gente se conforma”.

Piensa mucho en el rol de los colegios católicos, donde debe fortalecerse la formación espiritual, a través de retiros, convivencias y otras actividades: “Hay que formar humanamente a la gente. Motivarlos. Que los docentes se formen para que puedan formar intelectualmente, moralmente y cristianamente”.

A modo de cierre, manifiesta que le gustaría ser recordado como servidor “porque uno viene a eso, a servir a los demás. Usted no tiene por qué estar regañando a la gente. Recordemos el ejemplo de Jesús con la mujer adúltera. Apenas la miró y dijo, «vete en paz y no peques más”.

 Ana Leticia Zambrano

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