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Monseñor Oscar Romero, el siervo sufriente

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Decía Monseñor Romero que cuando el hombre se dejaba someter por el odio y la ira se transformaba en un infierno tanto para él como para los demás. Por ello, siempre y desde siempre comprendió que solo si el hombre se logra someter a la ley del amor (Jn 13,34) puede, no solo recuperarse de ese infierno, sino que también se vuelve un colaborador de Dios en la posibilidad de recuperar, apelando a su condición humana a quien ha pecado. Luego de su dolorosa conversión frente al dolor de los más pobres de su pueblo, contempla a Cristo y a su ejemplo vital de asumir su vida como testimonio radical frente a la violencia, transformándose así en un siervo sufriente como el descrito por el profeta Isaías.

Meditó con especial atención los cuadros que conforman el itinerario de la Pasión del Señor, pero era siempre más que eso, no era únicamente contemplar en silencio aquel amor que cantaba la profundidad de su dimensión en la caricia que el madero iba dejando por las calles de Jerusalén. Se trataba de llevar aquello al momento, al tiempo que vivía, sembrarlo en la dinámica social para que sirviera de acicate en la lucha contra la injusticia y la violencia que hombres-infierno procuraban a los descartados.

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En esos cuadros, dirá, “Cristo nos está ofreciendo la fuente inagotable de su redención a los que hemos venido con fe, con esperanza, a contemplar este misterio de la redención”. Para él, aquella realidad que padecía Jesús frente a sus verdugos directos e indirectos, de alguna manera, se repitiera aquí frente a nuestros ojos “y fuéramos nosotros los que nos estamos salpicando con esa sangre que se derrama en el Calvario”. Por eso, nos pide que tratemos de sumergirnos en el profundo abatimiento y humillación del Cristo que describe el profeta Isaías (52,13-53) quien presenta a este siervo de Dios como cordero llevado al matadero.

Lectura que hizo como si de un espejo modélico se tratara. Veía en el rostro magullado de Cristo el rostro malformado de su pueblo por la injusticia y la indiferencia. Un pueblo sometido a penurias insólitas por un poder que no era capaz más que de ver su autocomplacencia. Pueblo saturado de hambre y enfermedad cargando sobre sus espaldas las iniquidades de los hombres del poder. Esa situación de vergüenza profunda lo condujo a formular, desde su propia vida, una teología de la más absoluta autodonación en la que no solo estaban presentes los que sufrían, sino también aquellos que habían optado por la maldad y eran los responsables de las vejaciones que vivía el pueblo salvadoreño. Para Romero, comprender que Cristo no estaba padeciendo por responsabilidad suya, sino por la salvación de los hombres, de los que sufren y hacen sufrir, lo toca muy dentro de sí.

“El que no tenía pecado, recuerda, por nosotros se hizo pecado, maldición, castigo de Dios. Eso es Cristo, el pararrayo de la humanidad, allí descargaron todos los rayos de la ira divina para librarnos a nosotros, que éramos los que teníamos que sucumbir porque hemos puesto la causa de la maldición cada vez que hemos cometido un pecado”. El escabroso cuadro que pinta Isaías, conduce a Romero a descifrar un misterio de actualidad. Por el dolor y sufrimiento de su gente se asume como siervo sufriente, como instrumento de paz y amor, en ventana abierta para que el servicio pascual de Cristo entre a recuperar y salvar, incluso, a los más alejados. Sabía, además, que no era el único. Paz y bien.

 Valmore Muñoz Arteaga

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