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I° Lectura: Gen 18,20-32; Salmo: 137; II° Lectura: Col 2,12-14; Evangelio: Lc 11, 1-13

 

El deseo de seguir a Jesús y la natural actitud de encontrarlo así como hablarle con sencillez y fe, nace de esa relación con Él: la oración. Cuanto más vivamos el misterio de amor que ha cancelado la muerte, más nos daremos cuenta en nuestra debilidad, en nuestra carne, el verdadero significado de la resurrección de Cristo. ¿Quién nos enseñará a orar? Solo aquel que vive en relación total con el Padre y que nos puede indicar el camino de la verdad.

 

ESCUCHAR A DIOS

Del relato del Evangelio de San Lucas, podemos observar que la primera etapa de la oración no es inicialmente la invocación a Dios, como se pudiese deducir de las palabras del discípulo: “enséñanos a orar” (Lc 11,1), sino la escucha. “Uno de sus discípulos” (Lc 11,1) se dirige al Maestro porque se da cuenta de la relación que tiene con Dios y le pide compartir esa alegría con los otros discípulos y con la humanidad. Jesús, dirigiéndose al Padre, manifiesta su infinita misericordia, que perdona las ofensas y salva a quien confía en Él. La escucha por tanto, se genera de las maravillas que hace Dios en nuestra vida y ello no se refiere solamente a los prodigios que pueden ocurrirnos, sino sobre todo a los pequeños detalles que a través de su vida nos hace experimentar con su presencia en nuestras acciones, en el trabajo, en la esperanza de un mundo más justo. La escucha nos conduce a la conversión desde lo profundo de nuestro corazón.

Una segunda etapa es la meditación que significa responder al amor en gustar, con sinceridad, la Palabra de Jesús. “Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano” (Lc 11, 2-3). La invocación al Padre indica la confianza que los cristianos debemos tener en Dios, Él donándose totalmente, en la Última Cena, en su cercanía con los demás, nos muestra el camino que nos hace discípulos y testigos del Evangelio. Es necesario no interrumpir el diálogo con el Padre e invocarlo a cada instante manteniendo viva su presencia en nuestra vida. La oración es vida que transfigura nuestra existencia y nos orienta a que esa vida se dé en plenitud. Quien escucha y medita, quien invoca, quien ora, hace de ello una verdadera relación con Dios que nos une a Él y por tanto con el prójimo.

La breve parábola narrada por Jesús (Lc 11, 5-8) se refiere ante todo a la capacidad de Dios de encontrarse con el hombre y su necesidad, sabiendo qué necesitamos. En segundo lugar, nos comunica que si no abrimos la puerta (Lc 11, 7) de nuestro corazón y nos levantamos para dar lo que el prójimo necesita, es prácticamente inútil invocar a Dios convirtiéndonos en hipócritas, olvidando la importancia de conversión verdadera.

 

MARÍA ESCUCHÓ EN SU CORAZÓN

Volvamos a la pregunta inicial: ¿Quién nos enseñará a orar? ¿Cómo haremos para vivir la oración? María Santísima nos enseña a conservar en lo profundo del corazón lo que Dios comunica. Dios está en nuestra casa, pero también toca la puerta de nuestra vida, buscando entrar en ella para permanecer y no salir de allí: “Yo les digo: pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá” (Lc 11, 9). Con esto se nos llama a corresponder a la llamada -como hizo María- con sincera adhesión a Dios, que nos pide entrar en nuestra existencia y nos conduce a la salvación y ser prójimo con el prójimo. Así sea.

 

José Lucio León Duque

[email protected]

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