Como es habitual, el número de enero de 2026 de la revista Piazza San Pietro se abre con una intervención del Santo Padre y está dedicado íntegramente al tema de la paz. Este mes el Papa León XIV responde a una lectora: Nunzia, catequista suiza que vive en Laufenburg, un pequeño municipio de 620 habitantes. ‘Siembro, pero las plantitas tienen dificultad para crecer.
Los niños y las familias prefieren el deporte y las fiestas’, escribe esta mujer de 50 años, contando con pasión su compromiso de diez años en la catequesis, desde la Primera Comunión hasta la Confirmación.
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En su carta describe una realidad difícil: «Aquí en Suiza cuesta involucrar a los padres y, a veces, también a los niños y a los jóvenes para que confíen en Dios». Familias poco presentes y a menudo indiferentes a la práctica religiosa; niños más atraídos por el deporte, la música, los teléfonos móviles y las fiestas que por la fe; domingos con iglesias cada vez más vacías, frecuentadas sobre todo por personas mayores; el esfuerzo cotidiano de «sembrar» cuando el terreno parece árido: este es el panorama que traza la catequista helvética.
Y, sin embargo, frente al desánimo, reafirma su compromiso: «Yo trato de sembrar, pero las plantitas tienen dificultad para crecer». Al Sucesor de Pedro le pide una oración por los jóvenes que le han sido confiados y por ella misma, para no perder el valor de seguir adelante.
Desde las páginas de Piazza San Pietro, dirigida por el padre Enzo Fortunato, León XIV acoge las preocupaciones de Nunzia y las sitúa en el contexto europeo: «La situación en la que usted vive no es distinta de la de otros países de antigua tradición cristiana».
El Pontífice invita a mirar más allá de los números de participación: «Las horas dedicadas a la catequesis nunca se desperdician, aunque los participantes sean muy pocos». Y lanza un desafío a la Iglesia: «El problema no son los números -que, ciertamente, invitan a reflexionar-, sino la cada vez más evidente falta de conciencia de sentirse Iglesia, es decir, miembros vivos del Cuerpo de Cristo, todos con dones y funciones únicas, y no simples consumidores de lo sagrado, de los sacramentos, quizá por pura costumbre’.
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