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Reina elevada al cielo

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La Iglesia Universal celebra cada 15 de agosto el dogma de la asunción de la Santísima Virgen al cielo. Un dogma de fe constituye para la Iglesia “una verdad de fe absoluta (…) irrevocable e incuestionable revelada por Dios a través de la Biblia o de la Sagrada Tradición”, que se decreta luego de un profundo discernimiento y  por autoridad del magisterio supremo, es decir el Pontífice.

La verdad que se medita en el cuarto misterio glorioso del santo rosario y se elogia en las letanías, fue declarada por el papa Pío XII en 1950, en la carta apostólica Munificentissimus Deus (Benevolísimo Dios): “pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado, que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

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En la sagrada escritura, el evangelio refiere que Jesús crucificado encomendó a Juan a su madre, y a ella se lo dio como hijo,  a partir de este acto de amor, todos los cristianos recibimos a María como nuestra madre. Luego, los libros de los Hechos narran que María estaba con ellos cuando vino el Espíritu Santo.

El catecismo de la Iglesia Católica enseña el significado de la fiesta de la Asunción de María para los cristianos, relacionándola con la resurrección de Cristo. Ella, por sus virtudes y su entrega fue honrada en su humanidad, elevada en cuerpo y alma para acompañar a Jesús en el cielo y de esta forma anticipa la resurrección de los creyentes.

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Así mismo, en la palabra que se proclama en la fiesta de la asunción de María,  se refleja el significado de esta verdad. En la primera lectura,  del libro del Apocalipsis, Juan narra la visión “Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de su alianza. Después apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas. (…) Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos”.  La segunda lectura, tomada de la carta de Pablo a los Corintios, recuerda el triunfo de Dios sobre la muerte, tal es la resurrección.

Luego, en el evangelio de Lucas se narra la visita de la Virgen a su prima Santa Isabel, quien al escuchar el saludo de María quedó llena del Espíritu Santo, y ante la alabanza, la Madre de Dios pronunció las palabras del Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador (…) desde ahora, me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”.

Tradición

Los relatos de la asunción de la Santísima Virgen al cielo se encuentran en los llamados libros apócrifos, textos que no forman parte de la Biblia, más contienen narraciones de la tradición  sagrada. Uno de ellos llamado el Libro del Tránsito contiene el testimonio de Lucio, discípulo de los apóstoles.

Según esta narración, la Santísima Virgen fue trasladada por los apóstoles desde Sión hasta Getsemaní, colocada en un sepulcro nuevo  (donde hoy se encuentra la tumba, perteneciente a la iglesia ortodoxa griega). Durante tres días se oyeron voces de Ángeles alabando a Dios. Se dice que,  cuando cesaron los cantos, se percataron de que María no estaba allí, había sido llevada a la gloria de Dios. 

La Agencia Católica de Informaciones (ACI Prensa)  indica que “muchos teólogos piensan que la Virgen murió para asemejarse más a Jesús, pero otros sostienen que ocurrió el “Tránsito de María” o Dormición, que se celebra en Oriente desde los primeros siglos.

 Ana Leticia Zambrano

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