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Romero, Cristo y su misericordia

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No pocos pidieron la canonización de monseñor Romero, incluso algunos lo pedían desde el mismo momento de su cruento asesinato en aquella misa del 24 de marzo de 1980. Muchos lloraron la muerte de su arzobispo, mientras otros festejaban con bombas que intentaban iluminar sin éxito la oscuridad de la noche que, en más de una forma, caía sobre El Salvador. Mons. Romero se volvió desde entonces en el gran mensajero de la misericordia de Dios, cuyo rostro era el de aquel Cristo abandonado en la cruz.

Su sangre derramada nos mostraba la gratuidad del amor del Señor quien, una vez más, entrega la vida de un hijo por nuestra liberación espiritual y material. Dios, rico en misericordia, nos ha donado a su Hijo para salvarnos. Jesús, con su palabra, con sus gestos y con la totalidad de su persona, revela la misericordia de Dios.

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Necesitamos contemplar el misterio de la misericordia divina, dice el Papa Francisco, porque es fuente, condición, revelación y acción del amor de Dios por nosotros, que se hace para nosotros ley y camino en nuestra relación con Él y los demás. La Iglesia siente la necesidad vital de mantener viva esta verdad. Mantenerla viva entre los hombres de hoy.

Por esto, Mons. Romero decía que “la Iglesia no solo se ha encarnado en el mundo de los pobres y les da una esperanza, sino que se ha comprometido firmemente en su defensa. Las mayorías pobres son oprimidas y reprimidas cotidianamente por las estructuras económicas y políticas de nuestro país.

Entre nosotros siguen siendo verdad las terribles palabras de los profetas de Israel. Existen […] los que venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; los que amontonan violencia y despojo en sus palacios; los que aplastan a los pobres”.

La misericordia de Cristo nos muestra claramente cómo es capaz de entregarlo todo, hasta la vida misma, por cada uno de nosotros. Sin embargo, no somos capaces de vivir por Él y para Él, en medio de este mundo, por medio de nuestra relación con los otros, en especial, con los más pobres.

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Cristo y su misericordia nos ponen ante la circunstancia de darle todo sin esperar nada, sin buscar nada, tan solo la realidad de darse, pues el único sentido de su actuación es el amor que comparte con el Padre. Romero nos impulsa entonces a pensar en la necesidad de comprender a la misericordia como un camino hacia la justicia, recordándonos el episodio de la adúltera: “Una delicadeza para con la persona. Por más pecadora que sea, él la distingue como hijo de Dios, imagen del Señor. No condena sino que perdona. Tampoco consiste en el pecado, es fuerte para rechazar el pecado, pero sabe azuzar, condenar el pecado y salvar al pecador”.

La misericordia de Cristo nos revela a Romero como un hermoso despertar de una cruel inhumanidad. Representa ojos nuevos para ver la verdad de la realidad y de los seres humanos. Su peregrinar por El Salvador es un cuestionamiento permanente: ¿qué es lo realmente humano de los seres humanos? Monseñor Romero nos muestra la profundidad de la bondad de Dios, cuyo rostro es Cristo, que se concreta en que está en favor de la vida de los pobres, en que ama con ternura a los privados de vida, en que se identifica con las víctimas de este mundo.

 La misericordia de Cristo, entendida desde el testimonio de Romero, es aquella que decide, en libertad y por amor, emprender el camino a Jerusalén, aquella que no se queda en la maravilla del testimonio, sino que se compromete históricamente con la realidad concreta de los más necesitados. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.

Valmore Muñoz Arteaga

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