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San Tarasio: «Ilumina y guía incesantemente al mundo entero, porque eres un iniciado del Cielo»

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 San Tarasio nació en el año 730 en Constantinopla, hijo de un juez de renombre y de una familia relacionada con todos los altos patriarcas, se preparó en la carrera y conocimientos administrativos seglares hasta convertirse en el secretario imperial.

“San Tarasio ejercía el cargo de secretario del joven emperador Constantino IV y de su madre Irene. A pesar de ser laico, Paulo IV, patriarca de Constantinopla, le propuso por sucesor suyo, en el momento de retirarse a un monasterio. La corte, el clero y el pueblo confirmaron la elección de Tarasio”.

El santo, pese a las tentaciones presentes en la corte donde reinaba la sensualidad y los halagos, siempre se mantuvo en una vida monacal, al punto de no aceptar el nombramiento de patriarca por dos razones concretas, la primera, no era sacerdote y, la segunda, radicaba en el conflicto creado por los emperadores en torno a la negativa de venerar las imágenes sagradas.

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“La polémica sobre el culto de las imágenes, la llamada lucha iconoclasta, contó entre sus protagonistas a los emperadores bizantinos León III el Isáurico, Constantino V Coprónimo y León IV Khazaras por una parte, y por otra a San Juan Damasceno y a los patriarcas Germán de Constantinopla y a Tarasio.”

Un conflicto que denotaba un interés político y económico basado en la manera ortodoxa pretendida por los judíos y rechazada por los monjes, quienes además de defender las imágenes eran los únicos y verdaderos opositores del poder imperial reinante. El santo, como parte de una necesidad de lucha pasó rápidamente por todas las órdenes sagradas para llegar a ser patriarca.

“Como hombre de gran erudición y celo por la fe ortodoxa, Tarasio aceptó esta elevación para ayudar en la lucha contra las herejías, especialmente contra el iconoclasmo; y precisamente durante su patriarcado, fue convocado el Séptimo Concilio Ecuménico (Nicea 787), en el cual fue condenada esa herejía y confirmada y restaurada la veneración de los santos iconos”.

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San Tarasio fue un defensor compasivo de pobres y huérfanos a quienes ayudó dándoles refugio y alimentándolos, sumando a ello, su temple afloró en la defensa de la fe y la moral: Cuando el emperador Constantino, había desterrado a su esposa lícita, María, tomando a una pariente y conviviendo con ella y buscaba la bendición del Patriarca para casarse, Tarasio no solo le negó la bendición, sino que primero lo aconsejó, después le reprochó y finalmente le prohibió la Santa Comunión.

San Tarasio murió a la edad de 76 años, en el 806 y fue sepultado en el santuario “Todos los mártires del monasterio” fundado en el Bósforo.

Antes de su muerte muchos vieron como Tarasio contestaba a los demonios que lo acusaban diciendo: “No soy culpable de este pecado, tampoco soy culpable de este otro”. Cuando su lengua debilitada ya no podía hablar, entonces comenzó a defenderse con sus manos, ahuyentando a los demonios. Cuando expiró, su rostro resplandeció como el sol”.

Carlos Ramírez

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