El santo nos dejó un legado de amor sincero a la Iglesia y un camino accesible para todos: santificarse en la vida ordinaria, en la familia, el trabajo y las pequeñas cosas que forman nuestra existencia diaria
Como Acción de la Iglesia, reconocemos en cada niño, en cada madre y en cada familia el rostro vivo de Cristo, que nos llama a servir con generosidad, ternura y esperanza