Cuando el corazón del docente está inquieto, entonces aprende a escuchar la sed del otro, aprende a provocar preguntas, no solo dar respuestas, aprende, como afirma León XIV, a leer la vida bajo el signo de la Pascua, mirarla con Jesús Resucitado, es decir, encontrar el acceso a la esencia de la persona humana, a nuestro corazón