Como su pastor, me llena de profunda alegría dirigirme a ustedes para meditar sobre el misterio que nos define: la eucaristía como corazón de la comunión eclesial. En este caminar diocesano, a menudo escuchamos la palabra comunión, pero hoy quiero que profundicemos en su significado más sagrado. No es solo un concepto sociológico de unidad, es el nombre mismo de Jesús sacramentado que se une a nosotros.
La Iglesia vive de la eucaristía. Como bien reconoció el sínodo de los obispos, la eclesiología de comunión es el alma del Concilio Vaticano II. En cada santa misa que celebramos en nuestras parroquias, desde la majestuosa Catedral hasta la capilla más remota de nuestras montañas andinas, se perfecciona nuestra comunión con la Santísima Trinidad.
Es una unión tan perfecta que, como decía la tradición bizantina, en ella culmina todo deseo humano. Por eso, les invito a cultivar el deseo constante de este sacramento. Cuando por razones de fuerza mayor no puedan comulgar sacramentalmente, recuerden el consejo de Santa Teresa de Jesús: la comunión espiritual es de grandísimo provecho. Que el amor del Señor se imprima en sus corazones incluso en el deseo.
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Sin embargo, la Eucaristía no es el punto de partida, sino el culmen. Para recibir al Señor, debe existir ya una comunión previa en la gracia. San Pablo nos advierte con severidad: «Examínese cada cual». No podemos acercarnos a la sagrada mesa con una conciencia manchada.
Aquí quiero ser muy claro con ustedes: la eucaristía y la penitencia son dos sacramentos que caminan juntos. Si alguno tiene conciencia de pecado grave, el camino no es la fila de la comunión, sino el confesionario. La confesión de los pecados debe preceder a la recepción del cuerpo del Señor. No es un juicio de exclusión, sino un acto de amor y respeto por la santidad de Dios. La Iglesia, en su cuidado pastoral, nos pide coherencia entre lo que vivimos y lo que recibimos.
La comunión no es solo un sentimiento privado entre «Dios y yo». Es también visible. Estar en comunión significa aceptar la doctrina de los Apóstoles, los sacramentos y el orden jerárquico.
Cada vez que celebramos la eucaristía en el Táchira, lo hacemos en unión con el Papa León XIV, sucesor de Pedro, y con este servidor, su obispo. Esta unidad no es un protocolo administrativo, es una exigencia intrínseca del sacramento. Una comunidad que se encierra en sí misma, que se cree autosuficiente o que celebra al margen de su obispo, pierde su identidad católica. La eucaristía nos abre a la Iglesia universal; en cada hostia consagrada está presente la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
Hermanos, el sacramento de la verdad no permite ficciones. No podemos dar la comunión a quien no comparte la fe íntegra de la Iglesia o no está incorporado por el Bautismo. Sería una falta de caridad hacia la misma verdad que es Cristo.
Les exhorto, pues, a vivir una vida verdaderamente eucarística. Que nuestra comunión en el altar se traduzca en una comunión de vida en nuestras comunidades, en nuestras familias y en nuestra sociedad. Que el hambre de Dios nos lleve a buscar con frecuencia el sacramento de la reconciliación para que, con el corazón limpio, podamos gustar y ver qué bueno es el Señor.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


