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Una pedagogía del sufrimiento

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Cuando apareció Evangelii Gaudium, me pregunté cómo podría ser tal cosa. El Papa Francisco nos refiere a una alegría que nos llena el corazón y la vida entera provocada por un encuentro con Jesucristo camino hacia las Bienaventuranzas, es decir, camino hacia la dicha de no tener, del no poder, del negarse a sí mismo, de vivir intensamente el amor gratuito al prójimo. Una alegría que, a su vez, crea en quien la siente la necesidad de contagiarla.

Esta alegría poseyó el corazón de la Madre María Félix Torres, fundadora de la Compañía del Salvador, puesto que era su actitud existencial que transmitía en cada gesto, en cada palabra, en el fundamento de sus proyectos de apostolado, pero muy especialmente en la misión de animar a sus hermanas a ser santas de verdad. La vida de los santos nos muestra un camino cargado de alegría y buen humor, que también caracterizó su alma, quien vivirá continuamente un trato íntimo con Dios mostrándole una manera de contemplar la vida desde sus propios ojos amorosos. De esa mirada cobrará forma y sentido una pedagogía del sufrimiento.

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En una carta a una religiosa de la Compañía, escribe: “Un fabricante de esencias contestó a aquellos que se extrañaban de cómo olía: ¿A qué queréis que huela si trato con perfumes?” Nosotras hemos de contestar al mundo, al demonio y a la carne, cuando nos hagan repugnante la cruz y el sacrificio: ¿De qué ha de estar impregnada mi vida, si libre y voluntariamente estoy con-crucificada con Cristo?  Quejarse de la cruz, protestas del sacrificio, poner mala cara al trabajo o al dolor, es impropio de nosotras; es tan absurdo”. No endulzaba nada, no tomaba atajos en discursos emocionales.

En el acto amoroso de la cruz, la Madre Félix encuentra el centro palpitante de su pedagogía del sufrimiento. El Jesús crucificado, su belleza profunda y misteriosa, que muere entregándose confiadamente en las manos amorosas del padre, y de su resurrección, confirmación por parte de Dios de esa su fe-confianza en la cruz, de donde brota la fe cristiana que confía incansablemente en la presencia fiel de Dios, por más que aparezca eclipsada por el mal. Para ella, Dios es el gran compañero, el camarada en el sufrimiento, que comprende.

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Su vida no estuvo exenta de dificultades, algunas comprometieron profundamente su existencia. Dificultades sociales, personales y de salud. En ninguno de los casos, como resalta el libro de Proverbios, dejó de confiar en el Señor de todo corazón manteniéndose alejada del mal, pues, de esa forma, el hombre encuentra la medicina para su carne y refrigerio para sus huesos (cfr. 3, 5 – 8). Desde esa perspectiva, transformó todas sus contrariedades en escalera o trampolín para levantar su corazón a Dios, ya que “a mayor cruz, mayor alegría”. Este sentir contraviene radicalmente a un mundo histérico y abandonado al consumismo, a cierto afán de felicidad producto de la satisfacción de los más elementales placeres. Una felicidad que se esfuma entre la inclemencia de la realidad, mientras que su alegría transformaba el agua gélida y la falta de calefacción en motivos de gozo.

Una alegría que era, sin duda, un don de Dios, pero trabajado con paciencia, confianza y fe. En una carta escrita a otra religiosa de la Congregación nos muestra un poco de esta pedagogía antes expuesta. La exhorta a decirse, estoy contenta, soy feliz, Dios me ama, soy su hija predilecta. Decírselo en todo momento durante un mes, pero la clave está en lo que sigue: “Haz la prueba. Si después de este tratamiento durante un mes no encuentras alivio, no pierdas la esperanza. Empieza otro mes y escríbeme”. Nada de magia. Sin conejos de la chistera. Paz y bien.

 Valmore Muñoz Arteaga

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