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Siempre hay tiempo para un sueño… Siempre hay tiempo para dejarse llevar por el amor… Siempre es posible encontrar la fuerza necesaria para partir a navegar por los mares de la vida y dirigir la barca hacia el puerto del infinito. Y es allí y solo allí, en la altura donde podemos desplegar nuestras alas en toda su extensión…

En aquella hora hubo tiempo para empezar a remar. Recuerdo plenamente que era un día Sábado Veintiséis de agosto de Mil Novecientos Setenta y Dos. Ese día, hace casi medio siglo, partimos del puerto de la esperanza. Nuestro velero se internó en alta mar, al vaivén de las olas, navegando en medio de los sueños. Con fuerza nos aferramos al mástil del ideal,  con fortaleza junté mis manos a las manos de «La Negra» para iniciar la travesía, sin saber como combatir las mareas, como vencer el mal tiempo y como enfrentar las tormentas.

En el alba de aquella luminosa mañana, sobre la superficie de las aguas apenas quedó dibujada la estela de la luna y mientras la brisa buscaba su amanecer ya las olas tenían un agradable  sabor a besos.

Y… surgió la comarca marinera con una trashumante primavera de espumas. El inmenso mar de la vida era una corona de blancura trabajada por gaviotas y pétalos de sal. Nunca antes hubo una vibración tan intensa y genuina, tan desprendida en sus propósitos, tan generosa en sus ideales. Nunca antes se amó tanto y se soñó tanto en la humilde barcaza de las utopías. Nunca antes las estrellas estuvieron encendidas toda la noche hasta el amanecer. Nunca antes habíamos comulgado con la hostia de ese común proyecto.

En estas horas,  cuando la marcha inexorable del tiempo marca esta estación, recuerdo que era un día Sábado Veintiséis de agosto de Mil Novecientos Setenta y Dos.  Entonces  tomados de la mano nos acercamos a ese malecón de utopías. A la orilla de este muelle hay un borde donde los sueños y la tenacidad se dan como prodigios, para que  los enamorados tomen las grandes decisiones. Antes de la partida, en ese espacio purificado por el aire del mar nos hablamos con los ojos y nos besamos con la mirada. Estábamos iniciando un abrazo que lleva casi medio siglo.   Desde ese  muro del malecón hemos visto crepúsculos inolvidables, hemos lanzado flores y preguntas a las aguas, hemos  tejido sueños y hemos susurrado promesas.

Casi medio siglo navegando en la misma barca… Definitivamente estamos hechos de tiempo, del tiempo que nos fermenta la vida, del tiempo que hace que crezcan madreselvas bajo los párpados, de ese tiempo de los momentáneos milenios de lluvia.

Y… Así será hasta el final de los tiempos,  porque siempre hay tiempo para un sueño Ese día inicial de nuestra travesía se acercó al malecón un humilde hijo de un carpintero, que sabía de los comportamientos del mar embravecido porque sus amigos eran expertos pescadores. Aquel profeta nos indicó: «Vayan a remar mar adentro». El mensaje nos impulsó a  partir  tras el vaivén de las olas buscando algún consuelo, algún secreto que solo el arrullo conoce o algún alivio para corregir errores.

A la altura de este recorrido sabemos que aquel hijo del carpintero es  la más viva  estampa de la espera y el esfuerzo. En muchas ocasiones, ese mismo profeta rasgó la frialdad del amanecer o el polvillo dorado de las tardes para remar mar adentro. Su palabra es carnada de buen augurio  y al remar con él, el viaje transcurre  como el agua, sin cansancios.

Como hace casi medio siglo, hoy volvemos al puerto. Regreso con «La Negra» al malecón de las utopías para reiniciar la travesía. «Necesitamos el mar, el mar con su malecón,  con el azul del recuerdo y una espuma de ilusión».

Casi medio siglo y seguimos remando, caminando hacia el horizonte para continuar tratando de conquistarlo. Intuimos la cercana presencia y la permanente compañía de aquel profeta que con su invisible sutileza nos indicó: «Vayan a remar mar adentro». Despertamos cada mañana, con el alba de cada día, tomamos nuestros remos y el mismo que nos envió a remar mar adentro nos regala nuevamente una antorcha de luz y de alegría. Como siempre hay tiempo para un sueño. Hoy continuamos remando PARA SIEMPRE.

 

Felipe Guerrero

[email protected]

 

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