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He estado leyendo un libro de Carl G. Jung llamado La Vida Simbólica (1939), un libro realmente interesante, pero de lo que quisiera escribir en este espacio es sobre sus primeras páginas. En ellas, Jung refiere que los católicos romanos están menos amenazados por la neurosis que los miembros de otros cultos. Esto lo afirma, no a manera de capricho, Jung no era propiamente católico, sino como resultado de sus años de experiencia, además del análisis que hizo a varios estudios realizados en EEUU y Europa, cuyo resultado arrojaba que, el menor número de patologías se observó en los católicos practicantes.

 Jung, no con poco asombro, decidió indagar en estas observaciones para hallar una explicación que le permitiera comprender tales resultados. La Iglesia Católica, pensó, debe tener algo que explique este fenómeno. Escribe Jung: “hay relativamente pocos católicos neuróticos, y sin embargo los católicos viven en las mismas circunstancias que nosotros” Tiene que existir algo en el culto, en la práctica religiosa, que explique este hecho peculiar. La respuesta la encontró Jung en dos aspectos centrales en la vida católica: la confesión y el propio culto. Del culto, va a resaltar la santa misa.

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 Afirma que el corazón de la misa contiene un misterio vivo, y esto es lo que funciona. Se trata de un mysterium tremendum, es decir, una emoción que paraliza, que inmoviliza, que resta las energías vitales al ser humano, como podríamos resaltar en aquel momento de la llamada pesca milagrosa: “viendo esto Simón Pedro, se postró a los pies de Jesús, diciendo: señor, apártate de mí, que soy hombre pecador. Pues así él como todos sus compañeros habían quedado sobrecogidos de espanto ante la pesca que habían hecho, e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran socios de Simón” (Lc 5, 8-10)

 También podemos recoger afirmaciones similares en los padres de la Iglesia, por ejemplo, en San Agustín que dice: “me estremezco y me enardezco, por la semejanza con él”. Nuestra semejanza con Dios es casi infinita, nuestra semejanza es sólo en algún aspecto. Ese misterio de Dios es inaccesible, pero al que se puede uno acercar por la fe, la esperanza y la caridad y así Dios se hace cercano, condescendiente con nosotros.

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 La misa no es el único misterio al cual se encuentra expuesto el católico. Hay otros más. Entre ellos vive, de ellos vive y, muchas veces, suspira. Jung quiso indagar en ello, pero no pudo encontrar respuesta en las explicaciones de sacerdotes y estudiosos. Sin embargo, cuando decidió entrar a estudiar la historia del rito, incluidos todos los ritos que lo rodean, entendió “que es un misterio que tiene unas raíces muy profundas en la historia de la mente humana; sus orígenes son muy lejanos, se remontan mucho más allá de los comienzos de la cristiandad”. Lógicamente, Carl G. Jung se lanzó a la aventura antropológica para buscar el origen de todo aquello que lo superaba. Sin embargo, buscó, no hay duda de ello, pero no donde tenía que hacerlo.

 El hombre, todo hombre, es una búsqueda de sí mismo. Tránsito para entender lo que es el hombre y lo que es lo humano. En esa búsqueda, a veces, logramos acceder a ese estremecimiento que describen San Pedro y San Agustín, comprender que Dios habita en el corazón humano y que esta presencia nos arde en el interior cuando entramos en contacto con los misterios de nuestra fe que, no por ser misterios, son una invitación a renunciar a la racionalidad, pues, a fin de cuentas, se trata de un misterio que se sostiene en la nostalgia por la verdad. Paz y bien.

 Valmore Muñoz 

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